BLASCO, ESE HOMBRE
 
Rafael Blasco, el todavía conseller de Solidaridad y Ciudadanía de la Generalitat, se halla de nuevo bajo los focos —que ama tanto como necesita—, aunque en esta ocasión a su pesar. Informaciones solventes divulgadas por El País le vinculan con una supuesta desviación de fondos destinados a cooperación internacional, que habrían servido para comprar inmuebles y formalizar contratos con una opaca red de fundaciones. Este personaje que en tiempos lejanos militó en la extrema izquierda y hoy cobra sus servicios en el extremo opuesto puede apelar a la presunción de inocencia, pero la Fiscalía y el Tribunal de Cuentas —es difícil que la Sindicatura se dé por enterada— deberían investigar sin dilación este nuevo escándalo, hasta depurar la más mínima duda y establecer, en su caso, las responsabilidades penales correspondientes. Las suciedades políticas no suelen perturbar los principios ni quehaceres de la derecha española —y muy particularmente la valenciana—, a quienes salpicaduras éticas y estéticas simplemente les resbalan, como atestigua sobradamente su patibularia historia reciente. Blasco siempre fue un tipo turbio (igual que su lugarteniente José Mª Felip), uno de cuyos objetivos sigue siendo no bajarse del coche oficial. Del gobierno del socialista Joan Lerma fue destituido y seguidamente expulsado del PSOE valenciano por corrupción. Un selecto bufete logró su absolución en el juicio. Con su esposa Consuelo Císcar se pasó con armas y bagajes a las filas del PP, primero a las órdenes de Eduardo Zaplana y ahora en el impío entorno del imputado presidente Francisco Camps, donde todavía vende presuntas habilidades demoscópicas y catálogos de estrategias para que la derecha siga encaramada al poder. Otros venden coches usados. Pero si el descalabro de la administración autonómica exhibe una desastrosa confusión entre intereses públicos y privados, en los dominios de Blasco los intereses particulares y familiares marcan la hegemonía territorial donde la ideología se funde con el patrimonio. El tenebroso asunto del supuesto desvío de fondos de su departamento hacia propiedades inmobiliarias y contratos con siniestras fundaciones, hace inevitable pensar en la leyenda de Robin Hood, pero al revés: detraer recursos de los pobres, para enriquecer todavía más a los poderosos y afines. Se mire como se mire, una desvergüenza más a anotar en el capítulo de derribos del PP valenciano. Y a todo esto, ¿usted le dejaría a Blasco la hucha para recaudar el día del Domund?