Querido Frank: Mientras tú estabas disfrutando de alegres noches de festival en Ronda, yo estaba tiritando de frío y sufriendo los mordiscos de las malvadas pulgas jienenses (“siphonaptera giennensis”) en una casa rural en la provincia aceitunera de Jaén. Ya de vuelta a la civilización valenciana, me encuentro en todos los periódicos con la polémica sobre la escultura de 24 metros de altura y 18 de diámetro que la empresa pública Aerocas piensa erigir en el aeropuerto de Castellón y que es un homenaje del artista castellonense Juan García Ripollés a don Carlos Fabra. No sé porqué se escandalizan tanto los señores periodistas, puesto que don Carlos ya había sido inmortalizado en los murales del vestíbulo de la Diputación de Castellón y en el retablo de la ermitas de San Cristófol en la Vall d’Alba y había cedido generosamente su nombre y apellido a la plaza de toros de Villahermosa. Al fin y al cabo, don Carlos es el caudillo de Castellón por la gracia de Dios y para la desgracia de algunos castellonenses alfabetizados.
La polémica del colosal monumento en honor del presidente vitalicio de la Diputación Muy Provincial de Castellón no deja de recordarme a El fascista, doña Pura y el follón de la escultura (1982), aquella memorable película de destape en la que el alcalde franquista de un pueblo le encarga una escultura ecuestre de Franco a un escultor “progre”, arruinado y en paro. Puedes imaginarte ahora quién sería el fascista en esta pintoresca polémica escultural en Castellón. Sin embargo, yo a don Carlos no lo veo montado a caballo, sino más bien a lomos de un burro, como Sancho Panza. También puedes imaginarte quién sería el artista “progre” (aunque no en paro y menos aún arruinado), si nos atenemos al asilvestrado aspecto físico (un sátiro rijoso) y a la bien calculada indumentaria de anacoreta que cultiva Ripollés. Pero no nos engañemos: pese a su imagen de ermitaño greñudo y poco amante de la ducha diaria, Ripollés está más alineado con el PP de su provincia que el repeinado y gangoso Ricardo Costa con sus corbatas amarillas y sus camisas bien almidonadas. Es el artista oficial del Partido Popular en Castellón y uno de los principales promotores del culto a la personalidad radiante de don Carlos. Puedo entenderlo, Ripollés cobrará 300. 000 euros por plantar su monumental zurullo con el careto avinagrado y con gafas oscuras de don Carlos en el aeropuerto de Castellón. Por las grandes dimensiones del homenaje escultórico del agradecido Ripollés a su principal valedor, no dejo de pensar en aquellas decenas de esculturas monumentales de Sadam Hussein en Bagdad, que luego fueron derribadas al caer el tirano. Sin embargo, los monumentos de frío corte realista del dictador iraquí poco tienen que ver con los coloristas monstruitos de estética zurullesca que crea Ripollés. Las esculturas del artista con la pajita en la boca son más bien como trabajos artesanales realizados por pensionistas en las Aulas de la Tercera Edad o como cerámicas de souvenir que se venden por los mercadillos o en las tiendas de todo a cien. Pueden resultar incluso simpáticas cuando son de tamaño reducido, pero si se conciben como monumentos de grandes dimensiones se convierten en grotescos engendros que amenazan a los viandantes por los paseos y las plazas públicas.
Por eso, ahora me da un poco de miedo que los pilotos de los aviones que aterricen o despeguen del futuro aeropuerto de Castellón puedan perder el control de la nave y estrellarse ante la visión terrorífica del mojón escultórico de Ripollés. Pese a la polémica artística y política, Carlos Fabra está encantado con el homenaje de su fiel vasallo: “Me encanta saber que inspiro a los artistas, es maravilloso. Qué más puede pedir una persona como yo, si inspirara a las musas también sería perfecto”, confiesa candorosamente Fabra, como si fuese Marilyn Monroe. Y luego el inspirador de las musas añade: “Ripollés se ha inspirado en mí porque cree, y creo que no es inmerecidamente, que he tenido mucho que ver con el aeropuerto, si me permiten la inmodestia.” Como persona más proclive a la estética que a la ética, no me preocupa tanto que la escultura sea un descarado homenaje de un artista paniaguado a un político imputado en varias causas judiciales, puesto que a lo largo de la historia muchos reyes, gobernantes o tiranos se han visto inmortalizados en bronce o mármol por las excelsas manos de grandes escultores. Lo que realmente me angustia es que el espantoso monigote fabriano envilezca el paisaje urbano del aeropuerto Castellón o pueda amenazar a las aeronaves como advirtiéndoles: “!Aterriza como puedas!”. Un saludo.
CASTO ESCÓPICO |