Al pasar la última página de El invierno del dibujante la sensación que acompañó el gesto fue de gozo y melancolía, esa peculiar emoción que como una nube de falso humo inunda la pista vacía del circo. Cuando las dos caras de la moneda del entretenimiento se muestran simultáneamente, el impacto sensorial, sentimental e intelectual resulta una sobrecarga de energía creativa con la que Paco Roca nos pone a prueba una vez más, pero mucho más. La aventura empresarial de una efímera cooperativa de dibujantes implica el fracaso de la independencia del artista, el derecho negado a la propiedad de su obra y la mercantilización despiadada de un oficio mágico. Hacer reír con las propias miserias, diluyendo el hambre, el frío, las penurias de todo tipo a base de saberlas compartidas es más que distraer el agujero en el estómago con el boniato para el almuerzo o esquivar el invierno con una boina pelada y una bufanda raída.
La grandeza y el reconocimiento debido (y ahora formulado con la maestría del lápiz de Paco) al colectivo de dibujantes de historietas de la editorial Bruguera se ha cimentado sobre generaciones de lectores, de jóvenes, de niños, que dieron vida multidimensional a los personajes, los sacaron del papel y los convirtieron en las vecinas solteronas, el cuñado caradura, los sobrinos revoltosos o la chacha contestona, porque de la realidad habían nacido. En la España de 1957, el Carpanta de Escobar bautizó al famélico, el repórter Tribulete de Cifré rejuvenecía la picaresca y el Capitán Trueno desdoblaba la personalidad política de Víctor Mora. Represaliados por el régimen franquista y rescatados por Francisco Bruguera (1912-1990), que fue a su vez liberado de la cárcel por su propio hermano Pantaleón (1910-1962), los dibujantes de la casa hallaron refugio y nómina a cambio de la cesión de historietas y personajes, matándose a destajo con folios y folios de entrega inaplazable, que eran precensurados para ahorrar tiempo y problemas.
Como reconoció Paco Roca en la presentación de su álbum el pasado día 7 de diciembre, en la librería Futurama, creció con Pulgarcito, con Tío Vivo y, como casi todos los niños, de pequeño quería ser astronauta, pero como muy pocos también dibujante de tebeos. Esto último lo ha conseguido con nota, gracias, según él a ese ejemplo. La compasión/comprensión, la añoranza, el respeto y la admiración rezuman de El invierno del dibujante, y dado que la sinceridad es marca de fábrica de todos los trazos que salen de su mente, en este caso la conexión emocional con el tema desplegado viñeta tras viñeta, tintada tras tintada es más evidente que nunca. Paco podría tomar una cerveza con su admiradísimo Josep Escobar en las Ramblas, esquivando las hojas de los plátanos en el otoño sin desentonar un ápice, entregado a sus calles de arena, esbozando arrugas o moldeando una pin-up, porque esa es la raza de los Paco Roca, colorines en la sangre, infatigable constancia y humanidad pura guiando el trazo, redactando el guión..., pero tampoco está muy lejos de ese niño que tira impaciente de la mano de su madre, para embobarse ante el telón fantástico que envuelve un quiosco.
En la presentación, entre amigos admiradores y admiradores tratados como amigos, Ismael Quintanilla no lo pudo expresar mejor y además consiguió aislar el gen del talento de nuestro gran dibujante: la empatía, que natural y espontáneamente le permite “contaminarse” y ser otro, desenvolverse en la vida con los códigos morales apropiados y ser la buena persona en que se apoya como buen artista. Paco no vivió la Barcelona de los cincuenta, pero nadie lo creería al juzgar sus viñetas, la coloración crepuscular desesperanzada, los grises de los inviernos difíciles de alegrar y las efusiones primaverales y veraniegas, que incluso pueden ser enemigas de las jóvenes cuyo único vestido presentable es de invierno.
En la época de las radionovelas y el sifón, El invierno del dibujante es algo más que una nostálgica metonímia de represiones y estrecheces, se acerca más a una humilde, aunque heroica, epopeya en plena dictadura política y empresarial, porque Roca nunca esconde ases en la manga, muestra con honestidad las dos caras de la moneda, el fondo de la chistera, porque sus trucos tienen la limpieza que escapa a la vista, pero conmueve sin perdón.
EVA PEYDRÓ |