Los finales de año son época de hacer resúmenes, de echar la vista atrás, ver lo que nos han deparado los doce meses anteriores y hacer el propósito de mejorar. Por eso, las dos semanas siguientes a la fiesta de Reyes, los gimnasios se llenan de barrigudos que se han planteado perder los kilos que les sobran, han abandonado el tabaco y han pensado que la vida sana es mucho mejor que la que llevaban hasta entonces.
En el mundo de la información deportiva ocurre lo mismo. Por falta de noticias y actividad, dado el parón futbolístico que se produce en los tránsitos anuales, los medios de comunicación tiran de resúmenes, recopilación de lo mejor del año o balances, más o menos objetivos, de los últimos 365 días. Y, si a lo largo de muchos años, revisar el pasado más reciente era un ejercicio de sadomasoquismo sólo al alcance de desocupados, se puede decir que 2010 será una cifra que perdurará en la memoria de los aficionados al deporte en España por una razón: ese año, la selección nacional de fútbol se proclamó campeona mundial.
Mucho se ha escrito desde entonces sobre la gesta de Suráfrica, sobre los homenajes que todos los componentes de aquel equipo han ido recibiendo en sus respectivas localidades natales y sobre la química que parece unir a un grupo de futbolistas irrepetible en la historia del fútbol español. Pero hay algo que se escapa de los reportajes, los análisis y los comentarios sobre una selección que, por su filosofía del fútbol, ha logrado trascender al mero hecho de haber conquistado un campeonato del mundo de fútbol. 2010 ha sido, en general, un año nefasto para la gran mayoría de los españoles, agobiados por una crisis económica que sigue acechando como una sombra maldita sobre la vida cotidiana de mucha gente, un año en el que la corrupción, la crispación política y la poca pericia de los gobernantes han contribuido a extender el pesimismo. Excepto para Carlos Fabra, a quien sin duda la habrá tocado de nuevo la lotería y ha esquivado, una vez más, los procesos judiciales en su contra, no conozco a nadie para el que este año que se nos va haya sido positivo.
Pero, durante un mes de este desgraciado año, España olvidó las escasas soluciones que le planteaban para salir de la crisis, la sospecha de que muchos de los que gobiernan se benefician económicamente de su poder o la indignación por la persecución implacable a la que se somete a quienes intentan impartir justicia. Durante un mes, al comienzo del verano, el país vivió un sueño de esos que podrá contar a las siguientes generaciones. Un grupo de futbolistas de diversas procedencias y estilos consiguió que, entre el 11 de junio y el 11 de julio, España aparcara sus problemas para estar a su lado en una competición deportiva.
No fue ese el único mérito de un equipo que, por encima de ese triunfo, hizo del fútbol de toque su bandera y demostró que se puede ganar de muchas maneras, pero se disfruta más cuando la victoria viene acompañada del buen juego. En un país ancestralmente dividido en reinos de taifas, ideologías o sentimientos, el fútbol de la selección española logró aglutinar a todos bajo un mismo paraguas. El equipo dirigido por Vicente del Bosque hizo mucho más por el concepto de españolidad que miles de millones de euros gastados en campañas publicitarias, actos de corte institucional o declaraciones de buenas intenciones.
Y eso forma parte de la magia del fútbol, un deporte, una forma de vivir, que llega donde todos los esfuerzos no llegan. Aunque sólo sea por ese mes mágico, el Mundial de Suráfrica que ganó España hará que el 2010 tenga buena cara en nuestro álbum de recuerdos.
PACO GISBERT |