Fernando Trueba invocó a la divinidad en Los Ángeles, allá por 1994, justo al comienzo de su discurso de agradecimiento a los miembros de la Academia de Hollywood por haberle concedido a Belle Époque el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. El conjuro del que echó mano Trueba en aquella ocasión fue algo parecido a éste: «Me gustaría creer en Dios para darle las gracias, pero yo sólo creo en Billy Wilder». Y a la mañana siguiente —según propia confesión del director español en su libro Diccionario de Cine (Ed. Planeta)— alguien le pasa un teléfono: «Hola, soy Dios. No debiste decir eso anoche. Desde que lo has hecho, la gente se santigua al verme en la calle». Al otro lado del hilo telefónico estaba, naturalmente, el excelso cineasta, de origen austríaco, Billy Wilder. De modo que yo, la pasada Nochevieja, me puse también a la descomunal tarea de invocarlo. No recurrí, claro, a ninguna clase de plegarias al uso, sino que me senté ante el televisor y visioné, sin darme tregua ni cuartel, cuatro películas de su impresionante filmografía, que escogí por puro capricho y gusto: Perdición, El apartamento, Con faldas y a lo loco y El crepúsculo de los dioses. Y la respuesta de Wilder no me vino, a la mañana siguiente, en forma de llamada telefónica, como a Fernando Trueba. En mi caso, el día de Año Nuevo trajo a mi casa un auténtico aluvión de primeras planas, correspondientes a los diarios nacionales y locales más leídos: El País, El Mundo, El Periódico, Levante, etcétera. Y, sobre todo, me trajo la inmensa satisfacción de ver publicada, en la primera página de tales rotativos, en letras versales de gran tamaño, la noticia más deseada por mí y por una buena parte de la sociedad valenciana. Su título era: «Camps anuncia su dimisión irrevocable”. Y, en el antetítulo, se decía: «En una brevísima rueda de prensa, en la que no se permitió pregunta alguna, el presidente de la Generalitat Valenciana reveló que abandona hoy mismo su cargo porque ha perdido el crédito y el apoyo de sus conciudadanos». Y la lectura de esta maravillosa noticia insufló tal entusiasmo en mi ánimo, tan decaído hasta entonces, que me puse, inadvertidamente, a caminar por mi casa de la misma peculiar manera que lo hacen les filaes en las populares fiestas de moros y cristianos.
Pero, ay, pronto se me vino el entusiasmo al suelo, a renglón seguido de caer en la cuenta de que el día de Año Nuevo no salen los periódicos a la calle. ¡Qué cabrón! Seguro que esto lo ha maquinado el ruin Walter Burns (Walter Matthau), sólo que esta vez he sido yo la víctima propiciatoria y no su dilecto y puteado reportero Hildy Johnson (Jack Lemmon). ¡Cosas de Dios!
Enrique S. Cardesín Fenoll (Torrent)
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