SIGFRID MONLEÓN, EMBAJADOR DEL BUEN CINE
22-01-2010

Si Ives Montand interpretaba la canción La bicyclette, que escogió sabiamente Sigfrid Monleón en su película anterior para «meternos» en la trama encantadora y mediterránea del film, ahora, en El cónsul de Sodoma, la música de Frederick Hollander (Friedrich Hollaender en alemán, el que compuso las canciones de El ángel azul) le sirve al director como un guante para la película. Cantada por Marlene Dietrich de una manera sabia y con malicia, las palabras conectan muy bien con el retrato de Jaime Gil de Biedma:
Want to buy some illusions, slightly used, almost new? For in this crazy paradise you’re in love with pain...
La canción se tituló A Touch of Paradise, pero se conoce más por el título de Illusions. Procede de la película de Billy Wilder A Foreign Affair (en España Berlín-Occidente), de 1948. Pero ésta es sólo una de las varias canciones que oímos en el film.
En la película de Sigfrid Monleón hay un eco de Joseph von Sternberg: En el impactante comienzo, en aquel local-tugurio abarrotado de filipinos que contemplan a una pareja en pleno acto sexual. Sólo con una ojeada al público percibimos la degradación terrible de un pueblo que sobrevive como puede (las palabras en off de un poema de Gil de Biedma recogen esta impresión) y que me recurda a Shanghai Gesture (en España El embrujo de Shanghai), el film de la degradación de Gene Tierney.
Todavía hay otra alusión a las dos primeras películas que Von Sternberg rodó con Marlene al llegar la estrella a Hollywood: Morocco y Shanghai Express. Todo esto viene a cuento de la película de Monleón: Repleta de temas y detalles que constantemente sugieren ramificaciones. Desde este punto de vista, es una película para la gente a la que le gusta mucho —mucho— el cine. Una película cara, cuidada, abarcadora de muchos aspectos: La pertenencia del poeta a una familia burguesa rica, la época franquista, la homosexualidad como constante choque moral (en su familia se tolera a duras penas: «Haz lo que quieras, pero que no se sepa»), a veces como provocación, muchas otras —las más— comprando lisa y llanamente la carne que apetece —lo que no deja de ser humillante para la víctima—. Si el escritor es consciente del paso del tiempo, en cuanto que su fuerza vital radica en su juventud, el pasar de los treinta es toda una tragedia (que comparte con Cernuda, Aleixandre, Brines). Como autodefensa (contra ese mundo que lo aísla) emplea la inteligencia aguda y la leve sonrisa despreciativa. Ni siquiera con sus amigos literarios encuentra el reposo. Por otra parte, su indumentaria impecable e indefectiblemente cara (da todo un cursillo de cómo vestirse, cortarse el pelo, perfumarse... al exageradamente basto Isaac de los Reyes... del que también se burla), su trato irónico y distante hacen de Gil de Biedma un ser con facetas que pueden llegar a irritar; pero así eran los personajes de la gauche divine barcelonesa de los sesenta: Irritantes.
Y a partir de los treinta, ¿qué? Los negocios familiares (la pela), las traiciones de los ambiciosos, el envejecimiento, los colegas literarios (se burla con sutileza de todos) y la tremenda aparición del Sida, en una época (de los 80 a los 90) en la que la enfermedad era fatal. Mayor, enfermo, desengañado, alquila a un joven que se desnuda (salvo los calcetines, un error del director) y baila.
Mientras, el poeta permanece vestido, enfermo, sentado en una cama, apreciando el cuerpo joven. De los ojos del artista brotan las lágrimas.
Al lado de Jordi Mollà, que encarna con garbo al poeta, todos los personajes son, por necesidad, episódicos, pero no por ello menos estudiados, y el director saca un partido magnífico de cada uno de ellos. Juli Mira es demasiado mayor para hacer de padre; hasta resulta involuntariamente cómico cuando dice que «piensa jubilarse» al principio de la película.
Magnífico el montaje, muy bien la música, hermosa la fotografía, poderosos los movimientos de cámara, irregular el guión. Todo en conjunto deja el grato sabor del buen cine: Es el mérito de Sigfrid Monleón.

The flying moth