Coincidiendo con mi despertar cinematográfico se abrieron tres ventanas a la diversidad en las afueras de Valencia. Unas afueras grandes, abrigadas y profundas como las de Gil de Biedma que me permitieron conocer películas generalmente minoritarias y siempre interesantes que convertían la ilusión americana de las programaciones del resto de cines, la televisión y el vídeo en esa otra mirada, más profunda y reflexiva, del cine europeo. Recuerdo con especial cariño las presentaciones en la cafetería. Una de las primeras fue la de Gracia y Elías Querejeta por el estreno de Una estación de paso. Entre otros pude aprender de Alain Tanner, Gutiérrez Aragón o Eliseo Subiela, del que conseguí que me dedicara, en su última visita y en los mismos cines donde se estrenó, la edición en DVD de El lado oscuro del corazón. Otra experiencia que recuerdo me sucedió con mis amigos cuando las ventanas se ampliaron a cuatro y en esa última sala abierta, alargada pero acogedora, fuimos a ver El cielo sube, la curiosa y valiente opera prima de Marc Recha. Un director arriesgado e irreductible que ha pasado a formar parte de nuestro imaginario: mis tres amigos se durmieron en la última fila, con la cabeza apoyada en la pared y sólo otro espectador y yo acabamos la película. No volvió a suceder pero suele salir en nuestras conversaciones cuando el cine se sienta con nosotros a cenar. Quizá se han quedado sin aliento o nos hemos conformado con la mediocridad del resto de multisalas de una ciudad cada vez con menos afueras y más atenazada culturalmente, pero para mí fueron una estación de paso obligado que siempre recordaré en cualquier lado del corazón.
Carlos Castedo (València)
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