Mi primo tiene un gato que durante varios años estuvo “sin nombre”.
Como mucho, le soltaban un “ye, tu!” cuando resultaba imprescindible dirigirse a él personalmente, y los imperativos parecían ser insuficientes:
“Vine, menja, dorm, arrea…”. Luego, a raíz de entablar relaciones formales, empecé a llamarle “Anomio”, y con eso se quedó.
La calle Tete Montoliu se encuentra en el interior de Anomia, junto al bafle que escupe la guitarra de Stevie Ray Vaughan en Little Wing de Jimi Hendrix, ahogado éste, fatalmente, 3 años antes de que abriera sus ventanales el local de luces tenues en el que “No se admiten corbatas” y que ahora, ¡maldita sea!, después de 37 años, cierra su escotilla de buque subterráneo. Es Pepito quien pincha y silencioso alecciona, mientras la dueña de Tomás, atiende ininterrumpidamente la barra. Se puede hablar en Anomia y atender la música dialéctica, confluir volumétricos ambos sonidos “y no estar loco”. Y fumar en el amplio sentido de la palabra. Lo que no se puede hacer es avasallar, bajo riesgo cierto de ser uno lógicamente desautorizado. También se oye ladrar en Anomia, ¡qué placer!: perros y perras han tenido siempre allí su sitio VIP, con los animales humanos olisqueándonos lo peor, o séase, la alienación permanente. “¿Qué hacer pues, Vladimir?, “¿de dónde saldrá, Buenaventura, el martillo verdugo de ésta cadena?”, ¿para cuándo un café en El Congo de Lumumba?
Entremezclo nombres a mi antojo, ¿o es que anómico no los recuerdo?: Juan Carlos Gosálbes, Carlos Maciá, Pink Crimson, King Floyd, Billie Vaughan, Sarah Holiday, Julio Pi de la Serra, Quico Galcerá, Leon Davis, Miles Russell, John Coltrane… durante mi aproximación ritual al fondo del bar, donde ya no me encontraré con los sátiros que una noche del 95 pintó en oscura pared, prácticamente con las manos, Don Vicent Cortina, xe, sí, el de Meliana!, en un mural antológico, rojo y negro, al tiempo que los demás, mirandas y cuinetes ensisismados, cenábamos legumbres con/como cerdos. ¡Pues no hay derecho Lola Flores!; se perderá la pintura salvo que algún anónimo Salvem consiguiese recuperar este rubí del patrimonio y se trasladase a buen recaudo, por ejemplo, a espaldas del monumento al Maestro Serrano, en la renombrada ciudad de València, es un decir.
Nominado, gracias, continúo. Y enredado busco conceptos emocionados, por ejemplo Anomia: dícese de aquella situación social ingobernable, ya sin normas que valgan, tan frustrante y avinagrada que conduce a la rebelión, ¡coño!, propia de bárbaros e incivilizados. “Hala, ¡ese es mi chico!”.
Y a Nacho es que ni nombrarlo.
Toni Esteve (València)
|