Desde su Celda 211 del presidio ubicado en la Plaza Manises, Francisco Camps hace un repaso mental a su ya dilatada carrera política. Y en seguida una sombra oscura le nubla el entendimiento. Pues aún resuena en algún recóndito lugar de su cerebro la peculiar voz de Malamadre, ese cartagenero benidormí que le precedió en el cargo. Pero se repone pronto del susto. Porque sabe que tiene metidos en cintura a la desmedrada banda «ripollesca» que se hace fuerte en territorio infiel y pagano. Con su líder al frente, El cónsul de Sodoma, aunque este otro, claro, se encuentra huérfano de la vena lírica del personaje retratado con nervio y oficio por Sigfrid Monleón. Otro mohín de contrariedad tuerce el rostro del president. Se le aparece, nítida, sin contornos difusos, la imagen de Ricardo Costa, el Pagafantas de los populares valencianos. Y recuerda con punzante dolor ese malhadado día en que Ric, por haberse atrevido a convocar en su ciudad una rueda de prensa largona y acusica, se hubo de enfrentar al consejo inquisitorial mandado por la generala María Dolores de Cospedal, y se lo comieron crudo de un picotazo, haciendo honor al ave que simboliza su partido. La nostalgia se adueña ahora de Camps, cuando hace memoria de los Tres días con la familia. Qué días inolvidables. Cómo rieron, cómo disfrutaron. Sobre todo con la presencia de su amigo del alma, del «te quiero un huevo». El Bigotes ya lo adelantó en su día, Si la cosa funciona, habrá trajes y regalos para todos, aunque se tuviera que pasar «20 pueblos» con el regalo de la dona de Camps. Y parece que así fue, que talmente ocurrió, de ahí la imputación que todavía pesa sobre el molt honorable y otros de su cuerda. Nadie ha sabido nunca qué atributos adornaban a Alvarito, cuál don poseía para seducir a tantos políticos de tres al cuarto o «vengan más cuartos, que tengo la hipoteca a medio pagar, y la Amparito no hace más que pedir por su boca». Alguien aventuró una hipótesis, no sé si descabellada: El secreto de sus ojos. No era, pues, el bigotes que engalana su cara de cemento armado lo que encandilaba a la parroquia conservadora valenciana, sino que eran sus ojos. Alvarito, ahuecando la voz y mirando de hito en hito a sus bienhechores, bramaba: «Milano bonito, Milano bonito», y éstos caían rendidos a sus pies y embutidos en unos trajes hechos a medida y de buen paño. La nostalgia da paso a la tristeza en el estado de ánimo de Camps. Se resiste a reconocerlo, pero, finalmente, sus labios musitan el negro pensamiento que aborrasca su mente. El pueblo acaba siempre siendo un desagradecido. Y olvida pronto tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tanto tesón puestos a su servicio. Por su humilde persona y por su encomiable gente. Esa gente suya, personas todas ellas Nacidas para sufrir. Francisco Camps se levanta de su austero sillón de mando y sale a la calle, muy cariacontecido. Los Últimos testigos, unos rezagados de algún botellón, le espetan a su paso: «Colega, vaya careto que arrastras. Si eres la viva estampa del menda ese que sale todo el tiempo en Canal 9, acompañado de la tita Rita».
(Pero el halcón maltés se escapa pronto de las manos de Camps y se esconde velozmente en la peluca de Santiago Carrillo, a quien le une no sólo el afecto).
Enrique S. Cardesín Fenoll (Torrent)
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