La catástrofe perfecta. Crisis del siglo y refundación del porvenir, del periodista Ignacio Ramonet, es la crónica de una tormenta anunciada. El primer aviso, dice el director de la edición española de Le Monde Diplomatique, se produjo en 1997, en el Sudeste Asiático. Esa crisis de hace una década ya mostró la fragilidad del sistema financiero neoliberal, con los mercados desregulados y liberalizados y con los actores abusando del “apalancamiento”, un mecanismo especulativo que permite aumentar la rentabilidad de una empresa aumentando su deuda. Antes se había producido la crisis financiera de México (1994-95), el primer fracaso del modelo neoliberal. Y en el 89-90 se produjo el shock de internet. La conocida como crisis de las “punto com” que terminó con la utopía revolucionaria de la llamada Net Economy. En marzo de 2000, la burbuja internet explotó.
El cambio de siglo trajo —de forma efímera, según Ramonet— propósitos de enmienda a una parte de los agentes de la economía mundial. En el Foro de Davos, en 2002, algunos empresarios clamaron —sin éxito— por el regreso de la ética a los negocios. Poco después quebraba la empresa Enron, tras evaporarse 68 mil millones de dólares de su patrimonio como resultado de manipulaciones contables. 6.000 personas perdieron su empleo. La quiebra de Enron arrastró a la auditora Arthur Andersen, una de las más reputadas en la Bolsa de Nueva York. Los síntomas del fracaso del modelo neoliberal no se limitaron a Estados Unidos. En Europa, en 2003, el escándalo Parmalat sacudió las finanzas del viejo continente. A pesar de esos indicios, Alan Greenspan, presidente desde 1987 de la Reserva Federal estadounidense, “puso en marcha una política agresiva de tasas de interés muy bajas” y confesó tener una fe ciega en el funcionamiento y autorregulación del mercado.
Como fruto de esa filosofía ultraliberal desreguladora “surgió un nuevo capitalismo todavía más brutal y conquistador”. En ese contexto ideológico sitúa Ramonet la figura de Robert Rubin, Secretario del Tesoro de EEUU entre 1995 y 1999 durante el mandato de Bill Clinton y “responsable de la desregulación fanática que generó el sustrato de la crisis actual”. Afirma Ramonet en su libro que sobre esa base se levantó un edificio que hizo de la especulación y el enriquecimiento fácil su principal meta.
En La catástrofe perfecta repasa Ignacio Ramonet la sucesión de quiebras (Bear Stearns, Gannie Mae y Freddie Mac, Lehman Brothers,…) y las masivas inyecciones de dinero del Estado propuestas por la administración Bush a partir de 2008 —contradiciendo sus políticas neoliberales—, para salvar los muebles de la crisis. Se detiene en particular en la burbuja inmobiliaria y en cómo el capital especulativo buscó refugio en el petróleo y los alimentos, aumentando las fatales consecuencias de la crisis sobre los países en vías de desarrollo. Pero Ramonet va más allá y mira también las consecuencias desastrosas que tiene la crisis sobre el medio ambiente. No se salva de su análisis ni siquiera los agrocarburantes, convertidos gracias a las prácticas neoliberales en objeto de especulación financiera, y en un factor más en la crisis alimentaria de los más vulnerables. En vez de reducirse, el hambre en el mundo ha aumentado. Las diferencias entre pobres y ricos no han hecho más que crecer durante los años de hegemonía neoliberal. Las 225 fortunas más grandes tienen más que los 2.500 millones de personas más pobres del mundo.
Una vez dibujado el actual mapa de la desigualdad, Ramonet busca soluciones. Y se encuentra con que “la izquierda parece estar averiada, con un aparato decadente, sin organización ni verdadero programa, sin doctrina, sin brújula ni identidad”. No deja de lado las últimas teorías de la socialdemocracia europea, a las que califica de “catálogos de renunciamientos”, como La tercera vía de Anthony Giddens, aplicada por Tony Blair, o Le bon choix de Bobo Hombach que inspiró a Schröeder. “La izquierda (…) aceptó, sin mayores culpas, convertirse al social-liberalismo”. Ramonet se pregunta si, en medio de esta situación, “hay espacio para una nueva utopía social”. Y responde afirmativamente. Luego pasa a enumerar las luchas de los zapatistas, la de los Sin Tierra, o la de los que proponen, como ATTAC, la aplicación de un impuesto para las transacciones financieras. La catástrofe perfecta termina con una visión positiva sobre un futuro más justo y democrático en el que se garanticen “empleos decentes y servicios fundamentales gratuitos o subvencionados como la salud, la educación, la cultura, la vivienda, el transporte, el acceso al agua potable y a una energía limpia y renovable”.
* La catástrofe perfecta. Crisis del siglo y refundación del porvenir, de Ignacio Ramonet (editorial Icaria).
ALFONS ÁLVAREZ |