El acoso contra el juez Garzón muestra la precariedad con que se produjo la transición de la dictadura a la democracia (Foto: García Poveda).
TODOS SOMOS GARZÓN
¿HAY JUDICATURA PARA LA DICTADURA?

“Esto no puede estar pasando en España”, sería el pensamiento bienintencionado de cualquier ciudadano/a joven, educado en la actual democracia española, que no se hubiera informado un tanto de sus raíces, y lo mismo podrán pensar las jóvenes generaciones europeas, especialmente las de países implicados en la última gran guerra. El intento de encausar al juez Garzón (del que cabe obviar sus conocidos méritos), a iniciativa de los herederos ideológicos de los insurrectos franquistas, se enmarca en el reflujo intelectual y revisionismo histórico encargado a mequetrefes morales como Jiménez Losantos, Pío Moa, César Vidal, etc., verdaderos lacayos de la agit-prop neocon, e institucionalizado en València por otro converso como Blasco, en sus folletos ilustrativos de la reciente historia de España. También es una airada reacción (exacto) a la tardía y limitada Ley 52/2007, de Memoria Histórica, que trata de reparar algunos de los agravios que por sistema (franquista) se vertió sobre los perdedores de la guerra sobrevenida tras la insurrección militar de 1936-39, con la inestimable generosísima ayuda de las potencias totalitarias del eje Roma-Berlín, y la torpe pasividad de los después “aliados”: Reino Unido, EE.UU. Francia, que aun enfrentados a muerte al eje, tras derrotar a éste, no tardaron en recuperar como “compañero de viaje”, por anticomunista en guerra fría, al que había sido fiel beneficiario y seguidor del eje: como que envió su “división azul” al campo de batalla ruso a la gallega, sin declaración formal de guerra ni más alianza.
Ahora, tras más de 30 años de Constitución democrática, superado formalmente el franquismo, el juez español mejor valorado a escala nacional e internacional resulta que tropieza no sabemos si con una red (¿Odessa judicial?), un cepo, una mina (para Pedro Jeta, lo es todo lo que incremente las ventas de su rotativa…) o un grano, pero causa asombro que haya prosperado hasta el punto en que ya lo ha hecho una burda acusación de un pseudo-sindicato y de un pseudo-partido (Falange ya no es lo que era, afortunadamente, por el signo de los tiempos) de primarios nostálgicos y herederos confesos de todo lo que se da por superado: la dictadura franquista, la negación de los valores democráticos, etc. Hay quien afirma que haber llegado a este punto del encausamiento a Garzón ya es el peor tropiezo para la democracia desde el fallido golpe de Estado del 23-F, y tiene viso de ser cierto: si entonces teníamos en el país acechantes militares nostálgicos del golpismo, hoy parece que aún tenemos en la carrera judicial funcionarios nostálgicos de “los principios fundamentales del Movimiento”, que al ingresar en el cuerpo juraron lealtad a los mismos, y al anterior Jefe del Estado. Puesto que no ha habido reformulación expresa de tal juramento de lealtad, más que el implícito en el acatamiento del ordenamiento jurídico (que algunos se pasan por la entrepierna cuando se niegan, por ejemplo, a oficiar matrimonios homosexuales), también les aflora la vena nostálgica, además de otros bajos instintos, quizá, y ahora ven la ocasión de arremeter contra Garzón.
Emergen, pues, problemas mal solucionados: se manifiesta la precariedad de la Transición española, en la que hubo un exceso de generosidad por parte de la izquierda, al no lograr la inmediata exigencia de responsabilidad penal para los criminales de la dictadura, o los torturadores de la policía, pues fue una negociación desigual: no cabía presionar demasiado cuando te están apuntando con tanques o pistolas, como hacía el ejército en aquel período. Y hoy, cuando ese problema lo tenemos desterrado, nos puede venir ¡la justicia! a encausar a la única persona que, como hizo con Pinochet, comenzaría a poner judicialmente las cosas en su sitio, tres décadas después... Pero así se revela la profundidad del franquismo sociológico, del tranquismo que lograron enraizar con (des)educación y propaganda en ciertos sectores de la sociedad española, que persiste también en la judicatura, y que ahora solapadamente, reclaman otra memoria: la anti-histórica que permita un sutil lavado de cara “amnistiada” para sus ufanos herederos, y de paso, humillar a la justicia, algo que les tira mucho… Pero acabarán, como los dictadores, en el basurero de la historia.

ALFONS PUIG