Manifestantes contra el plan Bolonia (Foto: Turia).
LAS INCERTIDUMBRES DE BOLONIA
 

Todavía está reciente la toma de posesión de Esteban Morcillo como Rector de la Universitat de València. Y ahora toca, como dijo hace algunas semanas Joan Romero, en un artículo publicado en El País, gestionar la incertidumbre. Porque eso es hoy la Universidad de Valencia, y no sólo por el reto de lograr, en comunión con la Universidad Politécnica, el tercer Campus de Excelencia de España. La incertidumbre surge especialmente por la implantación del plan de Bolonia. Es cierto que dicho plan afecta a 46 países, pero habría que diferenciar entre el Plan Bolonia y el proceso concreto que está tomando la reforma en la Universidad española. No hay un automatismo directo.
Es evidente que la Universidad española necesitaba de una reforma y también que se aproveche para ello la Creación de un Espacio Europeo de Educación Superior, lo que ya no está tan claro es que a nuestra universidad le siente bien la que se ha diseñado. Tampoco es alentador que se esté realizando, como todos los analistas coinciden, tarde y a toda prisa. Y con absurdos, como el hecho de reformar antes los Máster que los Grados, sin dejar que el tiempo haga el recambio paulatino. Si se lee la normativa general, en ella se dice que este proceso constituye una excelente oportunidad para modernizar las enseñanzas, tanto en su organización como en sus objetivos, métodos, contenidos y esquemas de evaluación del esfuerzo en el aprendizaje, pero lo que se ve y percibe, aquí y ahora, es algo diferente. Creo que ha abundado la retórica pedagógica sin pensar cómo va a repercutir dicho plan en una realidad universitaria como la nuestra.
Podríamos hablar de la excesiva preocupación por la “empleabilidad”. Loable objetivo si no se hace desde la cortedad de miras, o se obvie aquella pregunta  de Ortega y Gasset sobre si la preocupación por lo urgente no nos estará haciendo perder la pasión por lo importante. Más bien habría que hablar de “empleabilidad sostenible”, como ha señalado el profesor Fernández-Llebrez, esto es, estar pendiente de aspectos tales como competencias de innovación, pensamiento analítico, capacidad de estructurar información y argumentos (y que se hable de metas y no sólo de medios, añadiría), de lo contrario se puede socavar la función pública y crítica de la universidad. En ese camino no se puede echar a las  humanidades por la borda. Si vemos los nuevos planes de estudio, en general, se les ha cortado la cabeza (en algunos casos no ha hecho falta, los encargados de los mismos se han hecho el haraquiri), quedando los grados radicalmente raquíticos. También en las carreras estrella está previsto que se rebajen considerablemente las horas presenciales.
Bueno, sí, esto tenía una explicación, en el plan actual hay demasiadas asignaturas optativas, y prevalece la clase magistral, y además, en contraposición a la drástica reducción de créditos de clases teóricas, se preveía el aumento de los prácticos ya que el objetivo central es el autoaprendizaje del alumno. Muy bien. Pero hace poco descubrimos, boquiabiertos, que en la Universidad de València se hablaba de cien alumnos en las clases teóricas, y entre cuarenta a sesenta en las prácticas. Inaudito. 
En suma, admito que se precisan métodos más activos y muchas cosas más (temas de actividad investigadora incluidos). Pero, por ahora, hay muchas cuestiones prácticas que resolver, como el predominio profesorado con una media de edad alta, y sin una clara  generación de  recambio, o, simplemente, el número y tamaño de las aulas. Además, llueven los aspectos negativos, como el decaimiento de la cultura humanista (intrínseca en toda técnica que se precie), y también habría que precaverse de que los aspectos burocráticos (esto último ya es el pan de cada día) adquieran un mayor protagonismo.
Quién me iba a decir que en una historia como la nuestra, algún día podría estar de acuerdo con una contrarreforma.  Manteniéndose en la línea marcada por Bolonia, claro, porque no hace falta ser más papistas que el Papa. Además, dada la situación actual,  se corre el peligro de caer en la tentación de mirar más el  ahorro (en profesorado, sin ir más lejos) que los motivos docentes. La realidad es que, de momento, los métodos de las mejores universidades anglosajonas, tomadas como modelo en la reforma,  difícilmente casarán ni con el número de alumnos previstos por profesor, ni mucho menos con ese “coste cero” del que tanto se habla. Y se hablará.

ENRIQUE HERRERAS