Todd Solondz, uno de las cineastas más incómodos del panorama actual norteamericano, regresa al universo familiar que ya diseccionara con saña en su celebrada Happiness (1998), en esta ocasión situando a sus desdichados personajes a la sombra de los atentados del 11-S, un suceso que ejerce de referente máximo en esa meditación sobre el perdón y el olvido en la que andan atrapados los diversos protagonistas.
La película está narrada con la extraordinaria libertad que caracteriza al cine de su autor, con un lenguaje propio -como sucede, por ejemplo, con Godard, y con todo el riesgo que eso siempre comporta- que no es deudor de casi nada ni de casi nadie, y que proporciona al discurso una singularidad que lo enriquece profundamente. Así, nos encontramos con unos diálogos que escapan con frecuencia de la realidad de sus personajes (los parlamentos del niño o del hijo del hombre que sale con su madre) para ejercer de portavoces de los dilemas profundos del film; y unas escenas que, en la mayoría de los casos, funcionan de manera autónoma, casi como piezas cerradas, como si las partes fueran más importantes que el todo -la visita del padre condenado por pedofilia a su hijo; el encuentro con el fascinante personaje que interpreta Charlotte Rampling, en este caso dividida en dos localizaciones-, unas “partes” muy poderosas que van encadenándose conforme avanza la película, ganando sentido y complejidad al entrar en relación entre ellas. La suma de ambos planteamientos narrativos hace que el film camine siempre unos metros por encima de la realidad, no sólo cuando lo mágico hace aparición de forma explícita -el pretendiente suicida, especialmente en la escena del paseo nocturno-, sino que todo el relato participa de esta condición de mirada sobre la realidad, en detrimento de la simple representación de la realidad.
Todo ello para completar un retrato particularmente áspero del modo de vida americano, para abrir de par en par la putrefacta trastienda de esas clases medias que constituyen el alma profunda de cualquier país de nuestro primer mundo. Unas clases medias lastradas por profundas, repito profundas, carencias y desequilibrios emocionales, y aquí es donde me permito ponerle alguna objeción al film, ya que la acumulación de personajes desequilibrados me acaba resultando un tanto molesta, un poco como si se le notaran demasiado las “intenciones” con tanto friki disfrazado de ciudadano corriente. La vida me ha enseñado a desconfiar de ese otro —amigo, vecino, familiar, compañero, desconocido, etc.— aparentemente normal, y me ha llevado al convencimiento de que las carencias y los desequilibrios, aunque sea en versión light, están a la orden del día, pero en esta película todos sus personajes están, en el mejor de los casos, como una maraca, y tampoco creo que sea para tanto... al menos con lo que he aprendido hasta ahora.
PEDRO URIS |