La películas pertenecientes al género fantástico «pactan» inicialmente con el espectador una serie de premisas a las que posteriormente ajustarán sus imaginarias propuestas, estableciendo de este modo una «realidad» que el relato nunca deberá saltarse. Esta película también lo hace (el dolor se siente, si mueres despiertas, todo lo asociado a la recurrente «patada», el soñador manda en su sueño, etc.), aunque sus reglas son tan complejas que se ve obligada a recordarlas de tanto en tanto para que el espectador no se despiste y termine rechazando este viaje por el subconsciente en el que sitúa su acción, y nunca mejor dicho, pues la condición de película de acción es, para bien y para mal, otro de los identificadores de este brillante y entretenido film, en el que resulta casi imposible disponer de respuesta para todas las preguntas que se nos pueden plantear a lo largo de su generoso metraje. Puede que con varios visionados y tomando notas quizás logremos atar todos los cabos, aunque nos tememos que siempre quedará alguno que otro suelto.
Sin embargo, su realizador, que ya nos había sometido a similares ejercicios en su celebrada Memento, consigue, con oficio y talento, que todo este laberinto bajo sospecha no suponga ningún problema para el espectador; aunque, y esto creo que hay que tenerlo claro, tampoco constituye ningún plus en lo que a complejidad se refiere, pues por mucho que líe la madeja, las propuestas, tanto de trama, como de personajes, o de dilemas morales, son de relativo alcance, y aquí empezamos a encontrar las debilidades de un producto que, en definitiva, es una especie de versión de Misión imposible situada en los libérrimos territorios de la mente, con un grupo de especialistas empeñados precisamente en eso, en una «misión imposible» que finalmente llevarán a cabo recurriendo a una sofisticada tecnología que, en este caso, dispone de una «terminología» vinculada al subconsciente, equivalente, en cualquier caso, a la aplicada en aquélla a sus diversos artilugios mecánicos y disfraces.
Como tal, como imaginativo thriller de acción, la película está muy bien construida y realizada, con un protagonista (un Leonardo Di Caprio en excelente estado de forma) y un conflicto asociado al mismo de cierto relieve; con un puñado de personajes secundarios bien etiquetados al gusto del cine norteamericano; y con una serie de giros, sorpresas, ases en la manga y golpes de efecto que remiten al cine de Hitchcock, el auténtico padre del modelo, y aunque la intensidad de los personajes, sus relaciones y sus conflictos no terminen de alcanzar el nivel que, por momentos, el film evidencia en lo que a capacidad para conducir las emociones del espectador se refiere, nos encontramos ante un producto trepidante y ameno, al que no conviene buscarle demasiadas resonancias morales, poéticas o filosóficas, porque entonces, tal como sucede en algunos sueños de los personajes, todo el «escenario» comienza a venirse abajo.
PEDRO URIS |