Una escena de THE COVE
(3) THE COVE de Louie Psihoyos
Después de Flipper

La natural relación del cine documental con la realidad que lo inspira se prolonga, más allá de la realización y la exhición, permitiendo a los espectadores gozar de la nueva perspectiva adquirida en la oscuridad de las salas, como si el mundo se hubiera puesto bajo un microscopio, ante sus ojos complacidos o espantados. Esto último, el horror en primer plano, es lo que se vive ante películas como The Cove. Por si esta dimensión adicional no fuera suficiente, el documental ganador del Oscar ha conseguido provocar reacciones no solo en el público sino, sobre todo, en los sectores de extrema derecha de Japón, que han sentido como un ataque a su país y una intromisión manipulada esa denuncia múltiple que se nos revela con los ojos humedecidos por la compasión con unos de los seres vivos más próximos a la especie humana. No hace falta irse a Oriente para encontrar razones que apoyen la barbarie contra los animales. Como si fueran muñecas rusas, los sucesivos descubrimientos dosificados por el director Louie Psihoyos, superpuestos al propio thriller, digno de otras arriesgadas acciones “verdes”, engrandece lo que ya sería un documento único, grabado de forma clandestina, revelador de atrocidades contra los delfines y los humanos, éstos víctimas colaterales de la desinformación y el consumo engañoso.
Además de la intervención del propio director, que había trabajado como fotógrafo y documentalista para National Geographic, siendo fundador de la Sociedad para la Preservación Oceánica, el innegable protagonismo del film es, junto con los delfines, para Ric O’Barry, el hombre que se arrepiente de haber entrenado a Flipper (en realidad, cinco hembras delfín), colaborando así al auge de los delfinarios y sus espectáculos. En un mea culpa que le ha causado numerosas detenciones policiales por liberar ejemplares en todo el mundo y la declaración de persona non grata en organismos internacionales, O’Barry clama por una investigación basada en las pruebas que con riesgo de varias vidas son reunidas a lo largo del film. La tétrica verdad de los delfinarios, la conciencia más desarrollada de lo que se cree que poseen estos animales, las prácticas canallescas, y la presión de Japón sobre países marioneta comprados para apoyarles en conferencias y cumbres, son solo algunas de las verdades incómodas que los japoneses no podrán conocer de primera mano, por haber cedido los exhibidores a la presión de las amenazas.
Lo que parece un pequeño problema, de perpetuarse, será otra losa que enterrará la esperanza de conseguir metas más ambiciosas, como concluye O’Barry en este film austero, revelador, donde los ausentes planos oceánicos preciosistas dejan paso al reportaje de denuncia, con formato periodístico.

EVA PEYDRÓ