Una escena de AIR DOLL
(3) AIR DOLL, de Hirokazu Kore-eda
Vivre sa vie

El nuevo encuentro del aficionado valenciano con el cineasta japonés Hirozaku Kore-eda (Tokyo, 1962), tras la excelente Still walking, se mueve dentro de un registro bastante más difícil y arriesgado que su predecesora en nuestras pantallas, pero la mirada que nos propone sobre la vida y las soledades no es, ni mucho menos, tan distinta, por más que la sombra estética y moral de Ozu, que exhibía orgullosamente aquélla, desaparezca en beneficio de un relato -a partir de un manga de Yoshiie Goda publicado en el año 2000- que, si bien parte de una premisa fantástica, una muñeca hinchable que decide caminar entre los humanos, escapa por completo de cualquier código asociado al género, y está concebido y narrado en una clave decididamente poética, tanto que muchas de sus escenas funcionan de forma autónoma como portadoras de emociones y sentimientos, un tanto aleatorios en función del receptor, al margen de su sentido o encaje dentro de una trama concreta. Un soporte argumental que, por otra parte y como sucede en el universo de los poemas, está reducido a su mínima, y me atrevería a decir que irrelevante, expresión.
La principal novedad que aporta el film al imaginario de las muñecas hinchables es el decisivo cambio de punto de vista, pues del usuario de las mismas, el humano atormentado, solitario y fetichista que comparte su vida y su sexo con estas criaturas de plástico, se pasa a la propia muñeca, un protagonista por definición sin vida, y todo adquiere un nuevo aliento. Una reflexión sobre el propio significado de la vida, magnífica la escena con el “creador”; sobre las soledades en compañía que impone una gran ciudad, otro sobresaliente para ese personaje femenino hundido en la miseria y la desesperación que sirve para cerrar el relato; y sobre el sentido de una emoción tan básica como el amor, probablemente la única “historia” que cuenta la película, unas relaciones de nuestra muñeca con el dependiente de un videoclub, que incluyen unos momentos absolutamente mágicos en los que el chico insufla aire —vida, sexo y placer— en el cuerpo de su enamorada.
Una película sobre la que se hace muy difícil escribir, que hay que ver y sentir, dejarse llevar y emocionar por sus imágenes, excelente la labor del operador Ping Bing Lee (responsable, entre otras muchas, de In the mood for love, de Wong Kar Wai, otro film escrito en verso), ya que en todas ellas vamos a encontrar belleza, compasión y tristeza, ya sea con nuestra protagonista paseando por las calles vestida de fantasía erótica, con ese anciano que apura sus últimos días atado a una maleta de aire, con la mujer con “costuras” en las piernas que asiste impotente y dolorida a su declive físico, o con la conmovedora escena en que la propia muñeca lava el recipiente que constituye su sexo.

PEDRO URIS