Mikel Goenaga y Luis Pescador en una escena de AITE, de José María de Orbe
(3) AITA, de Jo´se María de Orbe
El caserón vasco

El lenguaje cinematográfico, incluso el de películas que se pretenden independientes y críticas con el sistema, o de aquéllas que se proclaman rompedoras, guarda ciertas formas (normas) comunes a todas (o casi todas) ellas, tales como la duración de los planos, la composición de los encuadres, la utilización del fuera de campo, la solidez del argumento, o la caracterización de los personajes. Se puede romper una, o dos reglas, y siempre con mesura (la duración de algunos planos de Bergman, por ejemplo), pero no todas, y no es porque sus autores se autocensuren, sino porque la inmensa mayoría “habla” de esta manera, en el lenguaje cinematográfico en el que se han (nos hemos) educado. Sin embargo, hay algunos cineastas, pocos, que hablan distinto, como Godard, al que no le cuesta ningún esfuerzo utilizar un lenguaje único porque es el suyo propio, o como el responsable de esta película, José María de Orbe, que ya había dado muestras (suficientes) de disponer de una mirada propia en su primer largometraje, La línea recta, y que ahora da una vuelta de tuerca más a sus planteamientos, ya que el mínimo encaje argumental del que disponía en aquélla, aquí desaparece por completo.
La película se presentó en el pasado Festival de San Sebastián, donde provocó un radical enfrentamiento entre sus defensores y sus detractores (estos últimos parece que más numerosos y mejor armados, dialécticamente claro está), una dualidad, o todo o nada, a la que nunca me ha gustado acogerme y en la que no voy a caer en esta ocasión, lo cual no es óbice para que proclame mi apuesta a favor de esta película rodada en un caserón deshabitado, propiedad de la familia del cineasta, y protagonizada por dos actores no profesionales, Luis Pescador y Mikel Goenaga, que en la vida real son los propios sacerdote y guarda (no sé si por este orden) que ellos interpretan en la película. Una exhaustiva exploración de un espacio, un caserón (vasco), que nos sumerge en conceptos como el tiempo y la memoria, por momentos con ciertas resonancias colectivas al respecto del pueblo vasco, desde unos planteamientos narrativos que tienden puentes entre géneros tan dispares como el documental y el terror.
Un film, en cualquier caso, con amplio margen para la valoración personal y que, por su singularidad, resulta difícil de recomendar a nadie sin conocerle personalmente (y aún así, mejor no arriesgarse), aunque cumpliendo con lo que se espera de un crítico, y por si le vale de algo al lector, añadiré que, en lo que a mí respecta, la película contiene momentos mágicos, todas las proyecciones de otro tiempo en las paredes comidas por el paso del mismo (como las propias copias de las películas proyectadas); otros que se siguen con interés e inquietud, casi todas las conversaciones de los dos protagonistas; algunos, en cambio, en los que uno piensa que ya se sabe de memoria el contenido del plano inanimado que todavía permanece en la pantalla: y también con alguna que otra escena que me parece fuera de lugar, como la confesión de esa luz blanca que persigue al guarda, por más que luego encuentre su correspondencia en una de las escenas que aparecen en las paredes. Pasiones y desapegos que, en mi caso, inclinan la balanza decididamente a favor de los primeros: un film insólito y cargado de atractivo que renueva mi confianza en el trabajo (futuro) del cineasta.

PEDRO URIS