La primera película de Yaron Shani y Scandar Copti necesitó una preparación de siete años y meses de ensayos, para ser rodada en solo veintitrés días. Cientos de habitantes del barrio de Ajami, en Tel Aviv-Jaffa, participaron en un proyecto innovador, rodado cronológicamente, en el que sus personajes actuaban, pensaban y reaccionaban con emociones espontáneas siendo fieles, sin saberlo, a una historia que estaba escrita de principio a fin. Ajami se ve sin respiro, con el corazón en un puño, preso de un torrente de sentimientos desconcertantes, virajes emocionales, a los que nos entregamos con satisfacción. Cinco historias intimistas o en clave de thriller criminal y político, centradas en diferentes personajes (Nasrin, un chico de trece años; Malek, un adolescente palestino; Binj, enamorado de una joven judía; Dando, policía israelí) se cruzan y atraviesan segmentos temporales con el objetivo puesto en el múltiple punto de vista. Sin embargo, no nos encontramos ante una especie de Babel, sino frente a una obra en la que no sobra nada, en la que ningún recurso es gratuito, porque precisamente es el cambio de perspectiva el que nos hace testigos fieles de la conflictiva convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos, obteniendo un efecto extremo.
El espectador de Ajami se ve obligado a crearse una expectiva ante cada situación, transformada siempre por la siguiente escena, sin trampas, solo con la verdad de una habitación iluminada por una ventana que se abre. La riqueza que emana de una historia de “personas”, con las que alternativamente podemos identificarnos, proviene de esa ambivalencia propia de la realidad humana, de los diferentes mundos que chocan en la calle, en las casas, con la veracidad que no trasciende a las mesas de negociación ni a las cumbres internacionales, a pesar de que es la política la que genera y controla los conflictos. Todos los intérpretes contribuyen en conjunto a este monumento de verosimilitud, aunque, a nivel individual, serían perfectos spin-off por derecho propio. El reto al que se enfrentaron Shani (judío israelí) y Copti (palestino cristiano), cuya película ha sido nominada en los últimos Oscar, ha sido conjugar un guión preciso con una estructura emocional concreta y grandes dosis de improvisación, obteniendo un resultado coherente, mágico, donde los límites de realidad y ficción se borran por completo, siempre al servicio de un resultado buscado y hallado: romper la burbuja en que cada individuo retroalimenta su propio victimismo.
Ajami nos obliga, por arte de magia cinematográfica, a experimentar en carne propia lo que implica ser “el otro” y no solo tratándose de judíos e israelíes, sino de palestinos de la franja occidental frente a los que tienen nacionalidad israelí, cristianos frente a musulmanes o árabes urbanos contra beduinos. Ningún lugar mejor para mostrarlo que Ajami, en el antiguo puerto al sur de Tel Aviv, donde miles de años contemplan este ghetto árabe entre judíos, mostrado por primera vez en el cine israelí, con la crudeza de la desesperanza y la valentía de su incorrección política.
EVA PEYDRÓ |