Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) es un cineasta siempre interesado por la gente marginada, por los ciudadanos “de segunda clase” (inmigrantes, niños, negros, latinos, parados, campesinos, prostitutas, criadas, etc.) con los que construye un universo moral que se debate entre la vida y la muerte y donde el discurso sociopolítico queda como telón de fondo, necesario pero subordinado a la dimensión humana de los individuos y, especialmente, a la expresión poética de sus anhelos y frustraciones.
En Amador (no confundir con el film homónimo de Francisco Regueiro, 1965) el realizador dirige de nuevo su mirada hacia los afectos y su ausencia en una sociedad que contempla la desintegración de la familia tradicional, una institución que ya no puede ofrecer las seguridades de antaño. Marcela, la protagonista colombiana encarnada estupendamente por Magaly Solier (La teta asustada, de Claudia Llosa) ayuda económicamente en su hogar cuidando a un anciano solitario y enfermo. Embarazada, su relación de pareja es casi inexistente, apenas hay comunicación con el compañero con el que está cohabitando. El amor es un sentimiento callado que inevitable y lentamente se va desplazando hacia el viejo cascarrabias.
Planos largos, encuadres precisos, un ritmo muy pausado y una deliciosa música de Lucio Godoy para narrar un hondo drama existencial no desprovisto sin embargo de un humor algo surrealista. Amador es un interesante e intenso relato en el que León de Aranoa nos plantea una serie de conflictos: entre la conciencia y la necesidad, entre el destino común y las decisiones individuales, entre la vergüenza y la dignidad. Y sobre todo nos ilustra sobre la complejidad del alma humana, golpeada a la vez por el dolor y la felicidad, por la esperanza y la culpa.
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