Robb Reiner y Steve "Lips" Kudlow en una escena de ANVIL
(3) ANVIL, deSascha Gervasi
Crónica del eterno fracaso

Podría haber sido una digna puesta al día del mítico This Is Spinal Tap! (Rob Reiner, 1984), si no fuera todo lo que ocurre en Anvil -estrenada en Sundance’08- es palpable, verídico y dolorosamente real. El género del rockumental (documental biográfico sobre estrellas del rock) adquiere una punzante dimensión emotiva merced al debut, en estas lides, del británico Sascha Gervasi, en el que es su primer largometraje. Para él echa mano de su posición de privilegio como roadie y acérrimo seguidor de la veteranísima banda de heavy metal canadiense Anvil, radiografiando un trayecto artístico que podríamos definir como una gloriosa epopeya del eterno perdedor. Aquello de jugar como nunca para perder como siempre.
Para situarnos: es 1984, y sobre el escenario del Super Rock Festival japonés, ante decenas de miles de personas, actúan cuatro bandas con enorme proyección. Tres de ellas (Scorpions, Whitesnake y Bon Jovi) alcanzarán en breve el estrellato mundial, vendiendo millones de copias. Sólo una de ellas, Anvil, verá cómo todo su potencial queda diluido en el más absoluto de los anonimatos. Celebridades del género como Slash (Guns N’Roses), Lemmy Kilmister (Motörhead) o Lars Ullrich (Metallica) reconocen su deuda con la banda, que pronto queda sumida en el más puro ostracismo (inexplicable a ojos de muchos) merced a un calamitoso management, producciones cochambrosas y quién sabe si su canadiense alejamiento de los centros de decisión del género. Pero lo más curioso de estos antihéroes es que su vía crucis se prolonga ininterrumpidamente hasta nuestros días, pasada la cincuentena, a lo largo de más de treinta años en los que su pasión por una determinada forma de entender el rock constituye el único combustible para sobrellevar trabajos de pura subsistencia y vidas familiares con tendencia a la disfuncionalidad. El cariño de fan que pone Gervasi no escatima ni uno sólo de los muchos desagradables momentos, plenos de patetismo, por los que Anvil han de pasar: conciertos en antros europeos de mala muerte sin ver un duro (de hecho, una escena está rodada en la Estación del Norte de Valencia, cuando hace cuatro años se acercaron al murciano Lorca Rock), desequilibrios emocionales mal digeridos, y una encomiable obstinación a no afrontar lo que para cualquier otro mortal con un mínimo sentido de la realidad sería un fracaso repetido por enésima vez. Irónicamente, la buena acogida del film y la perseverancia de la ingente legión de fans con la que cuentan en Japón ha reactivado el interés por esta entrañable banda de culto, cuyo encomiable ejercicio de subsistencia artística, tan tozudo como desolador, no puede sino generar una enorme ternura en el espectador, por muy ajeno que sea a ese tan codificado género que siempre ha sido el heavy metal, en todas sus variantes.

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA