Raoul Bova y Margareth Madé en una escena de BAARÌA
(2) BAARÌA, de Giuseppe Tornatore
Épica epidérmica

Tres generaciones, cincuenta años de historia, una Bagheria reconstruida en Túnez, veinticinco millones de euros, más de treinta y cinco mil extras, doscientos personajes con diálogo, cameos de conocidos actores (Bellucci, menos de un minuto en pantalla), protagonistas debutantes, bellos y fotogénicos..., aunque no hacía falta tanta alforja para esta carrera circular. Baarìa es el nombre en siciliano de la ciudad de Bagheria, donde nació y se crió Giuseppe Tornatore, poseedor del toque mágico que convierte a la memoria en nostalgia y a la historia en cuento. La fantasía también está presente en su última película, pero como pequeños atrevimientos, meros apuntes estilísticos y no como elementos significativos para su narración. En la Baarìa de Tornatore todo acaba resultando amable, incluso el hambre, la mafia, el trabajo precario, el caciquismo, el fascismo, el desembarco aliado, los amores prohibidos... sin distinguir el dolor inherente a la opresión política, familiar o social de la necesaria superación de injusticias y rencores. Aquí el perdón parece olvido porque en Baarìa el tiempo puede curarlo todo y comprender los motivos de todos.
Tornatore deseaba plasmar sus recuerdos, los “ecos” de tantas voces que resonaban desde su niñez, formando el tapiz de sus orígenes, que honra en este film, como alegoría de cualquier vida que se construye desde otras, entre otras. En este sentido, el espectador no debe perderse los créditos finales, un homenaje a la memoria, que por una vez abandona el filtro rosado y deja hablar por sí mismas a las voces de nuestro pasado, los retazos de conversaciones, frases escuchadas en la radio, en películas, con la elocuencia intrínseca y la verdad que hubiéramos deseado a lo largo de esas dos horas y media en que se sucedieron y acumularon en buena cantidad imágenes bellas, situaciones anecdóticas, sin una coherencia argumental ni progresión que nos llevara más lejos del devenir de una familia cuyos caracteres son inmutables de principio a fin.
Por supuesto, hay algún sketch impagable, como el del fresco de la iglesia, donde los vecinos posan como apóstoles o el del delegado de urbanismo, más ciego que un topo, pero es una lástima que el guión de Tornatore no se decante por ese tono narrativo. La alegoría o el simbolismo quedan ausentes, los personajes que cruzan una y otra vez las calles y la plaza de Bagheria, a través de las cuatro estaciones, de cambios políticos y urbanísticos, no tienen la entidad del coro de Amarcord o el díptico de Novecento, ese peso específico bajo la ligereza sainetesca o la sublimación del detalle que convierte a un film en un monumento. La fotografía de Enrico Lucidi y el diseño de producción de Maurizio Sabatini no solo arropan, construyen directamente un film donde Francesco Sciana (Peppino Torrenuova) y Margareth Madè (Mannina) se limitan a envejecer. Quien espere contemplar el friso de la historia reciente de Sicilia, una visión renovada de tópicos en un espectáculo comprensivo y enriquecedor sufrirá la decepción de hallar la obra de un poderoso artesano, que no arriesga un ápice y nos deja esperando a que empiece de una vez la película y se acaben los anuncios.

EVA PEYDRÓ