Ryan Reynolds en una escena de BURIED.
(4) BURIED (ENTERRADO), de Rodrigo Cortés
Sin salida

Podemos comenzar diciendo lo que no es Buried: un ejercicio de estilo gratuito empeñado en un tour de force. Todo lo contrario, es un relato concienzudo y repleto de matices y complejidad acerca de una situación que está cargada de tensión y de emociones precisamente a partir de su rigor estético. Toda la acción transcurre en el interior de ese ataúd desde donde el protagonista intenta establecer contacto con quienes puedan ayudarlo, o quienes cree que pueden ayudarlo. Rigor en el espacio y en el tiempo: no hay flashbacks, ni división de la pantalla en las llamadas telefónicas, ni contingencias que puedan o no suceder en el exterior, y todo transcurre en esos ciento y pico minutos desde que el protagonista se despierta en su encierro. Uno piensa en el relato carcelario Le trou / La evasión, cuando Becker sólo mostraba la calle de la ciudad en un plano, “para que el espectador sintiera aún más la limitación de libertad”.
Ese rigor, como si se tratara de una versión libre de La voz humana (de memoria cito a Rossellini y a Demy como adaptadores), se completa con todo lo que se escucha al otro lado del teléfono, una especie de manual de la incomunicación, de la manipulación, de la frustración de la razón humana y de su supeditación a los desdichados conflictos que rigen el mundo: Irak, en este caso, como tantos otros escenarios, como tantos otros choques de intereses más oscuros y sombríos que el propio ataúd que tiene atrapado al protagonista, un hombre corriente en la mejor tradición del mejor cine fantástico o de suspense. Porque, como bien dice ese sabio llamado Rodrigo Cortés (recordad los cortos Yul y Quince días y el largometraje Concursante), Buried es un thriller, un film de acción contado desde esa unidad de espacio y tiempo, con una enorme capacidad para sugerir al espectador qué hay al otro lado del teléfono, qué pasa en el exterior, y, sobre todo, cómo nos afecta todo eso por más que nos encontremos o nos procuremos aislados o al margen. Por eso he citado el cine fantástico, el de las parábolas sobre la condición humana, porque el film es —en su desnudez, en su extremada sencillez— como una conclusión o continuación lógica de títulos tan valiosos como La obsesión, de Roger Corman, La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, o El increíble hombre menguante, de Jack Arnold, tres buenos ejemplos de la soledad y la indefensión del ser humano ante ese desconocido, ese enemigo, que son las reglas del juego del mundo exterior. Anotaos de qué naturaleza y de qué contenidos son las conversaciones del film y, probablemente, llegaréis a idénticas conclusiones. Cierto es que hay media docena de encuadres que escapan a la lógica y la coherencia del resto, pero están absolutamente justificados desde el valor de recurso a lo “irracional”, en el sentido que lo han aplicado Sam Fuller y otros cineastas —como José Giovanni—, al servicio de la intencionalidad del relato.

LLORÉNS