El nuevo documental de Michael Moore (Michigan, 1954) dirige sus dardos contra determinadas instituciones y valores de la sociedad USA (que son ya prácticamente globales tras la caída del mudo de Berlín), centrando su atención en la banca, el dinero, las finanzas, las compañías de seguros y los préstamos hipotecarios, un sistema económico en apuros que está afectando duramente a la clase media y obrera por culpa de la ambiciosa oligarquía de Wall Street con la complicidad de los políticos de Washington.
Una vez más, Michael Moore baraja humor y sarcasmo para preguntarse y dudar sobre la bondad de un sistema económico inmerso en la peor crisis surgida desde el crack del 29, la gran Depresión, con una banca necesitada de ayuda (pública) estatal pese a la ineptitud del gobierno para evitar los abusos cometidos. Algunos comentaristas acusan a M. M. de panfletario y de ser un populista de izquierdas que aborda los complejos temas económicos sin el preceptivo rigor y coherencia en los análisis, saltando de una cuestión a otra con afirmaciones y preguntas de fuerte impacto mediático. Conviene sin embargo recordar que también Eisenstein (El acorazado Potemkin) y Pudovkin (La madre) recurrieron al panfleto como género susceptible de alcanzar elevados niveles artísticos y de gran eficacia comunicativa.
Más discutible resulta el cineasta norteamericano cuando aborda la cuestión del cierre de fábricas, el desempleo, la pérdida de viviendas y la volatilización de los ahorros. Esta ruina económica que afecta principalmente a la gente modesta aparece como un gran negocio para algunos privilegiados tras el correspondiente embargo por deudas, venta de la casa y compra a bajo precio. Es la destrucción del “sueño americano” de una mayoría con aspiraciones a vivir en condiciones de prosperidad y seguridad.
M. M. no antepone el socialismo al corrupto capitalismo sino la verdadera democracia fundada por los padres de la patria, con mención especial al presidente demócrata F. D. Roosevelt y a sus medidas económicas y sociales, de carácter keynesiano, aptas para combatir la crisis del 29. De todo ello el film saca una conclusión optimista basada en la lucha popular contra los deshonestos y especuladores, con la seguridad de un mañana mejor, repudiando así la política del avestruz, la de taparse la cara para no ver el desastre. M. M. se erige así en conciencia y voz del ciudadano desorientado e indefenso lanzando sus preguntas y acusaciones. Critica un sistema financiero sin control y la corrupción de las élites políticas sin distinguir las culpas de republicanos y demócratas, de liberales y conservadores, que no han permitido participar a la mayoría en un sistema de control abierto a todas las clases sociales.
El espectador sale reconfortado tras este discurso contra un neoliberalismo económico (el neoconservadurismo fomentado por los Reagan y los Bush) que sólo ha llevado a la corrupción y a la ruina por la ambición sin límites y la falta de escrúpulos morales de quienes, libres de toda fiscalización legal, han abusado y estafado al más débil en una especie de “negocios sin fronteras” sólo conducentes a la especulación y la quiebra del sistema.
Otra interesante cuestión que nos desborda ahora es constatar que M. M. aborda los temas sociopolíticos al modo tradicional, exponiendo con el lenguaje clásico del cine una serie de conceptos tendentes a formar la conciencia del espectador y fomentar su rebeldía. En esta línea está el cine italiano más comprometido de los 70, las denuncias de Costa-Gavras y los dramas sociales de Ken Loach. Pero hace cuarenta años surgió la idea de que no había que hacer cine político sino hacer políticamente el cine: Godard y otros cineastas comprendieron que se trataba de cambiar el discurso semiótico de los films para que el sentido de los mismos apareciera como un concepto sólo dependiente de la concreta articulación de los signos (imágenes, palabras y sonidos) y de su particular lectura por el espectador.
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