Martina Guaman y Ricardo Darín en una escena de CARANCHO
(3) CARANCHO, de Pablo Trapero
Carroñeros

Ya el gran Billy Wilder abordó la corrupción de ciertos profesionales y los fraudes a las compañías de seguros en dos genuinas películas de “género”: en la magistral crónica negra Perdición (1944) y en la aguda comedia En bandeja de plata (1966). Pablo Trapero (Buenos Aires, 1971), guionista, productor, director y montador de su sexto largometraje —presentado en el festival de Cannes 2010— titulado Carancho (en Argentina, ave de rapiña que se alimenta de animales muertos, insectos y reptiles) desarrolla un relato dramático ubicado en la gran ciudad y con abundantes elementos de cine negro (violencia, ambición, engaño, intriga, muerte) que contrapone la sordidez de la existencia cotidiana a la ternura de una historia de amor con posibilidades redentoras protagonizada por un turbio abogado especializado en siniestros de tráfico (Ricardo Darín) y una médico pluriempleada que también trabaja en ambulancias (Martina Gusmán).
La película se fundamenta en un fenómeno sociológico propio de la Argentina: la abundancia de accidentes de circulación en sus ciudades y carreteras, causantes de más de 8.000 muertos y de más de 120.000 heridos al año, con la consiguiente secuela de gastos hospitalarios, tasas judiciales y dispendios funerarios de los que multitud de carroñeros profesionales intentan sacar tajada.
Pablo Trapero, que ha sabido conjugar su espíritu independiente con su compromiso con la realidad, denuncia la falta de ética de quienes se dedican a la caza de clientes entre las víctimas y damnificados con derecho a una indemnización económica. No importa que el provecho se consiga o se incremente fingiendo lesiones, provocando siniestros, amañando testimonios o sobornando a funcionarios. Tras el reparto de la tarta —nos cuenta Carancho— pululan abogados, médicos, clínicas privadas e incluso algunos policías y jueces que intentan exprimir a las compañías de seguros. Un cine duro, incisivo y sin concesiones.

VANACLOCHA