Naomi Watts y Sean Penn en una escena de CAZA A LA ESPÍA
(3) CAZA A LA ESPÍA (Fair game), de Doug Liman
Una ignominia más de Bush jr.

Seguí con mucho interés durante los años 2002 y 2003, a través de los medios de comunicación, la ignominia —una más— cometida por el gobierno de George Bush a cuenta de la Guerra de Iraq, en este caso contra una ciudadana norteamericana, Valerie Plame, agente de la CIA con dieciocho años de servicio en dicha organización, de cuarenta años, madre de dos hijos, atractiva (es increíble el parecido de Naomi Watts con la protagonista de la historia). Eran los tristemente famosos años de las denominadas “armas de destrucción masiva” que supuestamente poseía el gobierno iraquí de Sadam Husein. Casada con el ex diplomático Joseph Wilson (Sean Penn en un papel que le viene como anillo al dedo), fueron requeridos sus servicios para que viajase a Níger, donde había estado de embajador, para realizar averiguaciones en torno a la fabricación de unos tubos que podrían ser exportados a Bagdad y que servirían para enriquecer uranio. El informe que presentó a la CIA fue totalmente negativo, muy bien documentado. Por ello se quedó totalmente alucinado cuando pasando de su informe y, por supuesto, de las resoluciones de la ONU, comenzó el bombardeo de Bagdad. Indignado, escribió un artículo en el New York Times donde denunció todo lo sucedido en torno a sus gestiones en Níger. Una semana después, el prestigioso periodista Robert Novak, de corte conservador, en una columna en el mismo periódico arremetía contra Joseph Wilson y, lo que es peor, “de paso” informaba que su esposa, Valerie Plame, era agente de la CIA. Nadie duda actualmente de que fue la Casa Blanca, a través del vicepresidente Dick Cheney y el principal asesor de Bush, Karl Rove (actualmente uno de los ideólogos de Tea Party: los mismos perros con distintos collares), quienes filtraron al periodista la información sobre Valerie Plame, en un acto de pura venganza personal. Así se comportaban los neocon, ahora travestidos en el Tea Party. Desvelar dicha identidad es un grave delito en Estados Unidos, penado hasta con 30 años de prisión. Pero tras ser investigado el caso, finalmente le cargaron el muerto a Lewis “Scooter” Libby, jefe del gabinete de Dick Cheney. Fue condenado a 30 meses de prisión por perjurio y obstrucción a la justicia, aunque inmediatamente George W. Bush lo indultó. La jugada les salió perfecta. Todavía se te remueve la sangre en la butaca del cine cuando rememoras estos acontecimientos. Encima se salieron todos de rositas.
En 2007, Valerie Elise Plame publicó Fane Game, unas memorias centradas en estos acontecimientos que han servido de base para Caza a la espía, un thriller de denuncia política en la línea de otros films interesantes que se realizaron en la década de los setenta, con emblemáticos títulos como Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, sobre el caso Watergate, o Los tres días del cóndor (1975), de Sydney Pollack. El género cinematográfico elegido es un buen vehículo para llegar a un público mayoritario, aunque la dirección de Doug Liman (El caso Bourne) es demasiado frenética en la exposición de los hechos. Necesitaría un poco de reposo para incitar a la reflexión. Ello a pesar de que es encomiable la parte que se refiere al drama familiar que desencadena la perversa actuación de la Casa Blanca, hasta el punto de llegar casi a romper un matrimonio, y las reacciones que el descubrimiento de la identidad de la agente de la CIA desencadena en familiares, amigos y agresivos ciudadanos anónimos. Pero con estos inconvenientes, no hay duda de que estamos ante un valiente film que vale la pena ver.

VICENTE