Tras declararse su defunción a mediados de los años 60 por una persistente reiteración de argumentos y una crónica escasez de medios que lo asoció definitivamente al peyorativo concepto de serie B, el cine histórico-épico de aventuras, también conocido como peplum, pasó por una larga etapa de hibernación hasta que un tal Ridley Scott narró la vida de un atormentado gladiador romano en Gladiator (2000), film que cosechó un gran éxito de público y puso de moda las historias contextualizadas en la antigüedad, preferentemente greco-romana. No obstante, desde entonces pocos son los títulos estrenados dignos de mencionar –Troya (2004) de Wolfgang Petersen, Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone, Ágora (2009) de Alejandro Amenábar o la serie de televisión Roma de la cadena HBO–, y el último film del realizador británico Neil Marshall, Centurión, podría citarse con algunas matizaciones.
Especializado en films de terror, aunque sin demasiada fortuna, Neil Marshall recrea un oscuro y sucio thriller de época ubicado en el siglo II d. C. en las inestables fronteras del Imperio Romano en Britannia, donde se producen constantes enfrentamientos entre el ejército romano y los pictos, un pueblo del norte de Inglaterra antecesor de los escoceses. Centurión narra la desesperada huida de un grupo de soldados romanos abandonados en territorio enemigo y perseguidos sin cuartel por unos bárbaros que han jurado venganza sobre ellos. La acción, por tanto, envuelve un relato un tanto superficial, reduciéndose a una interminable caza-persecución en la que van muriendo uno a uno los protagonistas, excepto el narrador de la historia, quien vive en medio de tanta violencia un previsible y forzado romance introducido en el guión con calzador.
Centurión peca de ese exceso de realismo en las escenas de sangre que, de un tiempo a esta parte, inunda de hemoglobina las salas de exhibición. Es como si, de esa forma, quisieran recrear más fielmente la brutalidad de la época. Desgraciadamente, no hace falta ir tan lejos para ver casos de brutalidad en el ser humano.
PAU VANACLOCHA |