Esta primera película rodada por el iraní Abbas Kiarostami (Teherán, 1940) fuera de su país, acosado por los rigores de la censura, propició que Juliette Binoche lograra el premio a la mejor actriz en el reciente festival de Cannes, papel protagonista que comparte con William Shimell (un barítono de ópera), además de una participación actoral del guionista Jean-Claude Carrière tan breve como sustanciosa.
Una vez más en Kiarostami, un sencillo referente argumental cobra toda una profunda significación gracias a unos rigurosos diálogos, una admirable precisión narrativa y una cámara que no es la principal creadora del relato sino que, como testigo privilegiado, se limita a contemplar con atención el devenir de los personajes, zarandeados por alegrías y sinsabores, por anhelos y frustraciones.
Hay aquí una visión madura, adulta, de la vida. La huella estilística de Rossellini (Viaggio in Italia) y de Antonioni (films con Monica Vitti) planea sobre el breve encuentro, en un pueblo de la Toscana, entre un escritor británico y una galerista francesa con un hijo adolescente cuyo desarrollo y desenlace se aleja por completo de esas tópicas películas ubicadas en la bella región florentina donde los amores románticos nacen y se consuman en medio de hermosos paisajes, campesinos felices y obras de arte en cada esquina.
Copia certificada no es sólo una metáfora sobre la universalidad de los sentimientos (en el film se utilizan tres lenguas diferentes) sino también sobre la ambigüedad de las relaciones de pareja. Los protagonistas ¿ya se conocían y fingen un primer encuentro amoroso? o ¿nunca se habían visto y representan un reencuentro sobre el que proyecta su sombra una convivencia anterior? En esta reflexión sobre el amor y la vida no sólo hay original y copia en el mundo del arte. También los hay en la existencia cotidiana, con unos mecanismo afectivos y unos modelos de conducta que se transmiten de una generación a la siguiente.
La boda de los jóvenes novios, la alegría de los convidados, las campanadas de la iglesia… como un paisaje tanto físico como humano que envuelve unos sentimientos que tienden a realizarse y a perpetuarse: la pareja separada (¿) que se reúne al cumplirse los quince años de su matrimonio, a iniciativa de la mujer, quizás en busca de una segunda oportunidad (una copia); la importancia de los gestos cotidianos (ella se quita los zapatos); la rutina diaria que envenena la pasión (el maquillaje y los pendientes como ceremonia de seducción); la función de los espejos que muestran a la vez los actos y su reflejo (el retoque con el lápiz de labios, la escultura de la plaza reflejada mientras discuten sobre arte).
Copia certificada es un relato abierto y complejo del que hay que destacar también su gran riqueza psicológica, especialmente volcada en torno a las dificultades del amor, con la sensibilidad de la mujer a flor de piel frente a la frialdad cerebral del hombre, sólo atento a su trabajo, sólo preocupado por no perder el tren de las nueve.
VANACLOCHA |