Heorge Clooney en una escena de EL AMERICANO
(2) EL AMERICANO (The American), de Anton Corbjin
El silencio de un hombre

Lo primero que hay que destacar en esta, en cualquier caso, fallida película es su radical distanciamiento de los modelos que el cine norteamericano contemporáneo adjudica al thriller de acción, género al que inicialmente la vincula su trama argumental (un asesino a sueldo perseguido por otros sicarios que tratan de eliminarlo), tanto es así que, al final, la película ni es thriller de acción, ni siquiera thriller, sino un relato de redención que contempla los movimientos físicos del protagonista con distancia y realismo, tanto cuando fabrica el arma (unas escenas de extrema minuciosidad, que recuerdan el gusto por el cómo se hace del desaparecido Jose Giovanni), cuando mata (una secuencias especialmente austeras e incómodas), o cuando se pasea por el pueblo en que se ha refugiado (unas tomas que pueden recordar, por su insistencia, el deambular del marinero que Wenders abandonaba a su suerte En la ciudad blanca). Un film mucho más próximo, pues, de los supuestos del polar francés que del thriller norteamericano, y con un claro espejo en el que mirarse, el film de Melville El silencio de un hombre, con el que guarda más de un punto de contacto.
El problema, y es un problema gordo, es que todas estas exigencias de puesta en escena -su realizador, el holandés Anton Corhjin, había debutado con la excelente Control- se estrellan en el muro de unos personajes y una estructura argumental tan tópicos como vulgares (novela de Martin Booth y guión de Rowan Joffe), desde el propio protagonista, un personaje al que la potente escena inicial adjudicaba bastantes más expectativas que una redención de parvulario; hasta el hombre que mueve los hilos desde el teléfono, un “marciano” en toda regla; pasando por los sicarios suecos, la killer de nueva generación, el cura con su secreto a cuestas, y sobre todo la prostituta que quiere dejar el oficio por amor, otro personaje digno de una redacción de colegial.
Un desequilibrio entre la extrema vulgaridad de lo que se cuenta y la relativa exigencia de cómo se cuenta, que pocas veces he visto con tanta crudeza en la pantalla, y que me obliga a dejar la cosa en tablas, en lo que a calificación se refiere, para no apostar por ninguno de estos dos bandos que muchos teóricos consideran, probablemente con razón, la misma cosa.

PEDRO URIS