Aleksei Guskov en una escena de EL CONCIERTO
(3) EL CONCIERTO, de Radu Mihaileanu
Soviet y armonía

Una comedia dramática en toda regla, perfectamente equilibrada en los dos platos de su balanza, el amable y el trágico, y construida con la mirada en puesta en las exigencias emocionales de un amplio sector del público, que, como señalan los manuales del buen hacer cinematográfico, plantea dos historias, una individual y otra colectiva, muy bien trabadas entre sí. La primera, la referida a los personajes protagonistas y el secreto del pasado que hace de vínculo entre todos ellos (un tanto gratuito, pues a la chica le han contado una mentira cuyas consecuencias no parecen diferir mucho de las que provocarían los hechos auténticos), anda siempre con el aliento del folletín o el culebrón televisivo en el cogote (los sucesos que finalmente narra son dignos del medio), aunque funciona por las excelencias de la puesta en escena, por los buenos y muy buenos actores, por la propia habilidad con que logra hacernos tragar unas cuantas ruedas de molino (no es de recibo que una orquesta comience desafinando y luego alcance el cielo de la armonía, por mucho que el manual exija que al público se le mantenga alerta con obstáculos o indicios de fracaso), y especialmente por su efectiva partitura emocional, pues sabe ir tocando los acordes sentimentales del espectador sin desafinar pero con un efectivo crescendo.
La segunda trama, la colectiva se aplica sobre un referente más novedoso e interesante, los destinos y fracasos del socialismo real, del régimen comunista soviético, y está construida con bastante más libertad (aunque a veces esta libertad conduzca a pequeños patinazos, como el personaje del nuevo rico que hace de patrocinador y especialmente su desdichada solución final, pura y simplemente una estupidez), proponiendo una dolorosa reflexión sobre los efectos que en la vida de muchas personas tuvo un sistema político que representaba, y puede que todavía represente, la esperanza de la humanidad, con un estupendo y significativo trío de personajes masculinos cuya vida ha quedado marcada por este fracaso colectivo, el marginado director protagonista, su amigo, todo un virtuoso del chelo desterrado al volante de una ambulancia, y especialmente el gerente que continúa aferrado a la vieja guardia, un personaje con giros, matices y momentos (su relación con los restos del Partido Comunista Francés) realmente brillantes. Puede que algún lector, a la vista de este comentario crítico, se sorprenda por el nivel de la calificación, pero es que la película, con todas sus limitaciones, es un producto muy bien realizado, con buenos momentos y buenas anotaciones, y con un alcance emotivo fuera de toda duda. Un cine exquisito a pesar de algunas concesiones y servidumbres.

PEDRO URIS