Jordi Mollà e Isaac de los Reyes en una escena de EL CÓNSUL DE SODOMA.
(3) EL CÓNSUOL DE SODOMA, de Sigfrid Monleón
Nunca volveré a ser joven

La última escena del magnífico film de John Huston La jungla de asfalto (1950) nos muestra al maravilloso actor Sam Jaffe, en el personaje del “doctor” Riedenscheiner, totalmente hipnotizado por los movimientos de una atractiva chica que baila en un bar a petición suya, mientras en la calle le espera un taxi para huir con el botín de un robo. Es consciente de que ese paréntesis en su fuga le puede costar la detención, como así sucede, pero prefiere disfrutar de ese instante. Esta escena, salvando las distancias, me vino a la mente al presenciar la escena final de El cónsul de Sodoma. Jaime Gil de Biedma, enfermo de sida en su fase terminal, todavía tiene fuerzas para contemplar un strip-tease masculino, momento que viene a resumir una vida marcada por su condición de homosexual y que Sigfrid Monleón resuelve en un solo, largo y bello plano. Porque la vida del gran poeta Jaime Gil de Biedma (1929-1990), miembro de la Generación del 50, uno de los grandes de la literatura del siglo XX, autor de su célebre “Nunca volveré a ser joven”, fue verdaderamente apasionante en los terrenos del amor, el sexo, la amistad, sus largas estancias en Manila como ejecutivo de una importante multinacional, la lucha política y la rebeldía, además en unos tiempos muy difíciles –años cincuenta y sesenta bajo la dictadura franquista-, aunque su pertenencia a una familia de la alta burguesía catalana aminoró su persecución política. Un mérito que intentase romper con su status de clase social acomodada, a pesar de que nunca renunció a sus privilegios. Un Gil de Biedma que al cumplir los 30 años ya se sentía viejo, un fatalismo que le llevó a escribir: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes yo vine / a llevarme la vida por delante”. En sus últimos veinte años de existencia, el poeta ya no escribió absolutamente nada. Estaba convencido de que su hora como poeta ya había pasado.
El director ha intentado en todo momento de huir del biopic al uso, con los típicos lugares comunes. Es decir, que sin conocer quién es Jaime Gil de Biedman, la película puede atrapar al espectador porque te está contando una historia poderosa, compleja, llena de aristas, todo ello servido por un estupendo Jordi Mollá que realiza una composición muy personal del poeta. Por otra parte, el film no se anda con rodeos y aborda de una forma directa y valiente los aspectos más personales de su vida relacionados con su frenética actividad sexual (el discutido inserto de un primer plano de su pene explicita lo que Monleón denomina centaurismo del personaje), por mucho que algunos de sus amigos hayan intentado soslayarlo, seguramente anclados en ciertos prejuicios (al fin y al cabo, no le dejaron ingresar a comienzos de los años sesenta en el Partido Comunista por su condición de homosexual) y dispuestos a que estos aspectos biográficos no ahoguen la altura de uno de nuestros grandes poetas en lengua castellana. El director tiene la habilidad de introducir “en off” fragmentos de sus poemas, algo que le sirve para marcar la transición entre secuencias. Por otra parte, la película nos ofrece una interesante información de la Barcelona de los años sesenta, aquella que reunió a numerosos intelectuales en el club Bocaccio, gente progresista en los diferentes ámbitos profesionales que fue bautizada como la “Gauche Divine”. Es precisamente en algunos diálogos entre estos personajes (Alex Brendemühl como Juan Marsé, Josep Linuesa como Carlos Barral) donde las escenas chirrían un poco
La apuesta narrativa de Sigfrid Monleón es totalmente clásica, utilizando a menudo leves travellings, de esos que es tan difícil ver en el cine actual, mientras que la fotografía incide en tonos con brillo, al estilo de El gran Gatsby pero más contenido, un apunte del director al cine que le encantaba a Gil de Biedma, aquellas películas clásicas que dirigió Josef von Sternberg (Marruecos, La venus Rubia, El expreso de Shanghai) y que interpretaba Marlene Dietrich. Con El cónsul de Sodoma, el director valenciano da un paso firme en su trayectoria cinematográfica.

VICENTE