Nao Albert, Madi Diocou y Marisa Paredes en una escena de EL DIOS DE MADERA, de Vicente Molina Foix.
(3) EL DIOS DE MADERA, de Vicente Molina Foix
Carencias y querencias

Como explica muy bien el propio director, autor del argumento y del guión, inspirados en un relato suyo, El dios de madera no es un alegato sobre los problemas de la inmigración ilegal, sino una historia de carencias afectivas y de intercambio de actitudes y de sentimientos entre cuatro personajes fundamentales: la madre que interpreta Marisa Paredes, premio de interpretación en el último festival de cine de Málaga, y su hijo, representantes de lo occidental y lo supuestamente ordenado, y los dos inmigrantes, venidos de países diferentes como Marruecos y Senegal, claros ejemplos de supervivencia y riesgo. De ahí la importancia de los espacios mostrados, los puntos de venta de los top manta, la boutique de ropa, la peluquería, el restaurante, las viviendas, los callejones, perfecto entramado para las vivencias de los personajes.
Ambientada en unas calles y unas casas muy identificables con una capital de provincias —-en este caso Valencia, a la vez reconocible en sí misma y metáfora de muchas otras ciudades—- la película interesa especialmente por la riqueza de esos contrastes entre los personajes, la atención que se les presta y los interrogantes que se plantean, que van de la constatación de las muchas frustraciones que arrastran uno y otro mundo a las ligeras esperanzas que transmiten algunas reacciones, capaces de enfrentarse a la mediocridad que les rodea. Además, no se trata de acentuar los aspectos dramáticos o melodramáticos, ni de ejemplificar en exceso, puesto que la película contiene suficientes matices de humor y de ironía como para dar mayor complejidad a los protagonistas y, al mismo tiempo, colocar al espectador ante una realidad que resulta tragicómica precisamente por la ambigüedad de determinados comportamientos. Un film realizado con precisión, con mucha dedicación al punto de vista, repleto de anotaciones y sugerencias, que vale la pena disfrutar.

LLORÉNS