Kim Cattrall y Ewan McGregor en una escena de EL ESCRITOR
(4) EL ESCRITOR, de Roman Polanski
Gozoso suspense

El frustrado proyecto de Roman Polanski y el novelista Robert Harris de rodar Pompeya tuvo un final feliz al convertirse en El escritor (The Ghost Writer), un thriller con aroma a Chandler, basado en un excelente texto, que se adapta como un guante a la personalidad artística del director. Partiendo de un reparto que roza la perfección, Polanski transmite la autenticidad de una trama vivida en primera persona por Harris, cuya cercanía al exprimer ministro Tony Blair terminó con motivo de la intervención en Irak. El thriller político es un vehículo más que adecuado para la escenificación de una tragedia solemne, con ecos shakespearianos (recordemos que su director ya visitó a Macbeth), donde la acción y la violencia se despliegan con elegancia magistral, a través de intrigas cortesanas-familiares, en casas-castillos modernos e inexpugnables. Las dosis de suspense en El escritor tiene a veces un envoltorio a lo Hitchcock (el enigmático personaje de la rubia Kim Cattrall, el tratamiento del paisaje, la excelente partitura de Alexandre Desplat, etc.), pero siempre con el sello de autoría del director de Chinatown (1974) y El quimérico inquilino (1976).
El humor negro, marca de fábrica de Polanski se engarza con sus temas revisitados, la omnipresencia del mal, el desasosiego del extranjero, la paranoia... La talentosa capacidad de filtrar la trascendencia de una trama política basada en hechos reales con la finura de la sátira y la ironía, convierten El profesor en una obra que rezuma inteligencia y apasionado amor al cine. Más allá de la peripecia argumental, Polanski nos seduce a través de la creación de una atmósfera en la que nos sumergimos sin contemplaciones, agradecidos por ese poder de sugestión que hizo clásico al cine negro, basado en el tempo, el atractivo psicológico de los personajes que desfilan, los agudos diálogos, la fotografía, en este caso de Pawel Edelman, antiguo colaborador del director, cuyos meticulosos planos aportan elocuencia sin pesada densidad. El clima (lluvioso, gris, amenazante) es un elemento más, otro personaje, que aporta la misma fría desolación buscada en los interiores fotografiados con esa obsesiva perfección que Polanski aplicó a cada uno de los aspectos del film. Los giros dramáticos deslizan la historia con naturalidad, sin necesidad de trampas ni manipulaciones, de manera elegante y eficaz, rezumando la consciencia de no aspirar a la grandilocuencia en el resultado, que mereció con creces el Oso de Plata al mejor director, que Polanski tampoco pudo recoger en la 60ª Berlinale.
Ewan McGregor, el “negro” contratado por el exprimer ministro Adam Lang (Pierce Brosnan), retirado a Martha’s Vineyard para que reescriba sus memorias, interpreta su papel con una curiosidad, sinceridad, capacidad de sorpresa y vulnerable valentía de apabullante naturalidad. La misma excelencia podemos atribuir a Brosnan, en uno de sus mejores papeles, así como al resto de un casting prodigioso sin falsos alardes: la sorprendente Kim Cattrall, la fría Olivia Williams (An Education), acompañados por Timothy Hutton, Tom Wilkinson, James Belushi (tremendo) y Tom Wilkinson, sin olvidar el formidable cameo de un tótem del Actor’s Studio, Eli Wallach.

EVA PEYDRÓ