Las comparaciones son odiosas, pero para los que todavía nos estremecemos al recordar el angustioso y pesimista tratado de supervivencia de un padre y su hijo en un mundo moribundo descrito en la magnífica The road (2009), el último film de los hermanos Hughes se nos antoja un vulgar pasatiempo. Carente de la épica y de la visceralidad del film de John Hillcoat —reflexiones filosóficas aparte—, El libro de Eli es una discreta road movie que combina a grandes trazos el género apocalíptico, tan de moda de un tiempo a esta parte, con el western de toda la vida, reproduciendo toscamente personajes (cowboy solitario, chica de taberna, sheriff corrupto, pistoleros), situaciones (enfrentamientos a tiro limpio, atracos, peleas de bar, persecuciones), temáticas (justicia, venganza), y localizaciones (saloon, desierto, calle principal del pueblo) ,tan convencionales como previsibles, sin ahorrar en violencia, tiros y explosiones.
El film podría pasar como un homenaje a la saga que inició Mad Max, salvajes de la autopista (1979), un subproducto australiano que acabó convirtiéndose en un clásico imitado hasta la saciedad, pero en El libro de Eli emerge un enfoque religioso que huele a rancio, pues pronto se revela el carácter mesiánico del protagonista, una especie de caballero templario o monje guerrero portador –y defensor– del único ejemplar de la Biblia que queda tras el Apocalipsis, un objeto deseado por el villano de turno al considerarlo el arma más poderosa sobre la faz de la Tierra. El mensaje que destila el film, pues, es que lo único que salvará a la humanidad es la fe, menospreciando la necesidad de conocimiento para llevar a cabo la misión de reconstruir la civilización humana. Amen.
PAU VANACLOCHA |