Las reuniones familiares, las bodas son uno de sus apartados, en las que finalmente se desvelan secretos y rencores bien guardados a lo largo del tiempo (del tiempo que está fuera de la película, se entiende), constituyen un recurso frecuente en las historias de la pantalla, de tal modo que éstas siempre terminan resultando más o menos conocidas del espectador, al menos del aficionado con cierta experiencia. Esta película, regreso a la pantalla grande de Denys Granier Deferre, hijo de Pierre Granier Deferre (un clásico del cine galo), tras una larga experiencia en la pequeña pantalla, no es desde luego la excepción, ya que el margen de sorpresa que muestran personajes y situaciones es bastante limitado, quizás con la relativa excepción de la historia central a cargo de los veteranos Jean Pierre Marielle y Danielle Darrieux, aunque también se le ve venir demasiado pronto.
Con una de las patas del producto un tanto coja, la cosa queda, pues, en manos del ingenio y alcance a la hora de la construcción de las secuencias, y tampoco en este aspecto encontramos demasiados motivos de satisfacción, con una voluntad de vodevil elegante que lima casi todas las aristas del relato, y una excesiva dependencia de los diálogos, casi siempre escasamente funcionales y muchas veces al servicio de las necesidades de la historia, de contar la historia, y no de los personajes, cuestiones ambas que quedan bien patentes en la escena final del fallecimiento de uno de los personajes, en la que el mismo después de decir todo lo que tiene que decir, con especial insistencia por cierto, pasa a mejor vida por el socorrido sistema de dejar la mirada fija en un punto.
PEDRO URIS |