Una de las justificaciones de las obras artísticas, que nada tienen que ver con la prosaica utilidad de las cosas, es la catarsis personal que partiendo de una experiencia emocionalmente potente nos ayuda a comprender y aceptar las ventajas de situaciones que ponen a prueba nuestros sentimientos. Al contemplar Ens veiem demà (2010) no he podido dejar de recordar el frustrante resultado que de una empresa similar extrajo Julio Medem en Caótica Ana (2007), puesto que en el caso que nos ocupa, Xavi Berraondo, guionista y director, ha conseguido expresar con claridad, elegancia y auténtica poesía el dolor de la pérdida de un ser querido, la dificultad de discernir entre locura y razón, imaginación y recuerdo.
La fragmentación de la realidad, personalizada según la capacidad de entender el límite que separa a los muertos de los vivos o a los dementes de los cuerdos era un tema difícil de abordar, un ambicioso objetivo que Berraondo resuelve con encomiable valentía y capacidad. La planificación del guión sigue con naturalidad esos giros que nos conducen sin sobresaltos consiguiendo precisamente que el tránsito de un punto de vista a otro sea tan fluido como el flujo de nuestro pensamiento. La convivencia entre mundos aparentemente separados tiene los rostros de Marc Cartes y David Selvas (los hermanos separados por una trágica muerte, trasuntos del propio director y su hermano fallecido) y de la sobresaliente Mercè Llorens (Azucena, una joven esquizofrénica) en un papel que por agradecido no es más fácil de interpretar.
Berraondo nos convence en este poema en rojo de que nadie está a salvo de nada, ni de “perder” la razón ni de “perder” la vida cuando menos se lo espera, demostrando que la lucidez no es patrimonio exclusivo de nadie. De remontar el vuelo cinematográfico, soltando el lastre de la pátina televisiva que desentona en algunos momentos, Ens veiem demà conseguiría convertirse en la gran película que merece ser.
Eva Peydró |