Coreógrafo precoz, Kevin Tancharoen ha sido el niño prodigio del videoclip desde los dieciséis años, ha trabajado con Britney Spears y dirigido dos series de la MTV y con ese curriculum no se podía esperar un exhibición de imaginativas evoluciones o números musicales inspirados. El director por encargo nos deja aburridos, desinteresados y deseosos de que los niños y niñas artistas acaben de una vez sus estudios, abandonen la academia y nos dejen volver a nosotros también a nuestras casas. Las historias personales de los protagonistas de Fama (2009) son absolutamente insulsas, de manera que los saltos temporales de un año a otro (¡cuatro!) nos hacen reencontrarnos sin ninguna evolución con los mismos personajes, sólo que con más maquillaje, porque sus peripecias son ínfimas y sin interés, mal descritas, desarrolladas o entrelazadas. La caspa abruma, porque Fama ha nacido muerta, sin la frescura, dinamismo, vitalidad de sus precedesoras en el cine o la televisión, que gustarían o no, pero al menos eran productos auténticos, donde el sudor no era de atrezzo y el entusiasmo se contagiaba. Anquilosada en su estructura, en los temas que aborda, los números musicales y el diseño de producción, sin ritmo ni emoción, Fama nos hace añorar a Alan Parker y a los personajes que sí que sudaron de verdad para pagar el precio de la fama, lo que no debe haberle ocurrido al “prodigioso” Tancharoen. Con sus piernas enfundadas en calentadores de colorines, Leroy y la Srta. Grant hoy estarían más vivos que sus acartonados continuadores.
EVA PEYDRÓ |