Una escena de FLAMENCO FLAMENCO
(3) FLAMENCO FLAMENCO, de Carlos Saura
Espectáculo y alma

No soy, ni mucho menos, un entendido en el cante jondo, es más, nunca le he tenido demasiada afición, aunque cuando vi el anterior trabajo del cineasta al respecto —Flamenco (1995)— me dije que si el flamenco era eso tendría que revisar al alza mis aficiones, lo mismo que me sucede ahora tras la visión de esta exquisita producción, que regresa sobre el tema desde idénticos planteamientos y contando de nuevo con un extraordinario trabajo con la luz del maestro italiano Vittorio Storaro, y con la participación de algunos artistas que ya aparecían en aquella película -Manolo Sanlúcar, José Mercé o Paco de Lucía- y que aquí repiten marcados por la huella del tiempo.
Diversos palos y pasos del arte flamenco se suceden en el escenario construido en un interior del Pabellón del Futuro de la Isla de la Cartuja (Sevilla), sutilmente desvelado en el travelling que cierra el film, fotografiados y narrados por sus responsables con extrema sencillez (desnudez) y respeto, pero siempre desde la privilegiada mirada del cineasta -la iluminación, los encuadres, el montaje, la propia entrada y salida de las diferentes secuencias, la escenografía, etc.-, que proporciona a los mismos un ángulo distinto, de enamorado y de entendido, del que hace partícipe, cómplice, al espectador.
La película es simplemente eso —ni más, ni más—, un muestrario del momento actual del arte flamenco que está editado con una excelente puesta en escena y una rigurosa selección de intérpretes, todos ellos poseedores de una técnica extraordinaria, y cada cual disfrutará del espectáculo en función de sus propias preferencias, en mi caso con una inclinación hacia los números de baile (magníficos los dos ballets, la intervención de Sara Baras, el número de Eva Yerbabuena bajo una lluvia torrencial, etc.); y algo menos por las escenas en las que el cante es protagonista, siempre con una letras que, cuando se entienden (lo que no es siempre, ni mucho menos), son bastante simples, por no decir vulgares, con la excepción de algunas cuyo soporte literario (Lorca) les proporciona el aliento poético que se espera de una canción: Verde que te quiero verde y La leyenda del tiempo.

PEDRO URIS