La última película que llega a nuestras pantallas del veterano Clint Eastwood, la próxima ya anda en camino, aparece desprovista de las sombras y oscuridades que para algunos adornan sus mejores obras —Mystic River o Million Dollar Baby—, y se aplica a lo que, en mi opinión, mejor sabe hacer el cineasta, contar una historia clásica con una narrativa igual de clásica, lo cual puede parecer pobre o una perogrullada, pero les aseguro que no es ninguna de ambas cosas, pues realizar, con la dignidad y la complejidad suficientes, una película de segura (sencilla) conexión emocional con el espectador, y construida, por tanto, según las exigencias del manual de instrucciones del cine de siempre, no es tarea nada fácil y desde luego no resulta nada frecuente en la pantalla.
A partir de una obra de John Carlin, El factor humano, que a su vez se inspira en recientes sucesos y circunstancias de la Sudáfrica post apartheid, la Copa del Mundo de Rugby de 1995, la película nos cuenta como Nelson Mandela (un Morgan Freeman perfectamente ajustado a las necesidades del modelo), presidente del país tras pasar casi treinta años de su vida en las duras cárceles de los blancos, utilizó el equipo nacional de rugby, los Springboks, en aquel momento motivo de amor o de odio según el color de la piel de cada cual, como vehículo de unión de un país tan dividido por muchos años de injusticias y humillaciones, como enfrentado a un futuro, ahora con la mayoría de raza negra dirigiendo sus destinos, incierto en el mejor de los casos, cuando no abocado a la autodestrucción si no se lograban superar esos odios entre ambas comunidades con las únicas armas del perdón y el olvido por parte de esa mayoría oprimida y apaleada durante tanto tiempo.
Un proceso ejemplar que nace de la visión de un personaje excepcional, Nelson Mandela, y que la película cuenta con gran precisión y alto voltaje emocional, desde esa primera escena absolutamente modélica -seguimos con el manual de instrucciones sobre la mesa- que nos describe, con tanta economía de medios como integración en el relato, la geografía política y humana en la que va a suceder la historia; hasta la últimas escenas rodadas en el interior del partido decisivo (con esas limitaciones que, como bien señalaba la semana pasada mi compañero Paco Gisbert, siempre padece el deporte al ser transformado en ficción para la pantalla) que puede convertir a Sudáfrica en un sólo país; pasando por toda una arquitectura de escenas, momentos y personajes que sirven impecablemente al fin propuesto: contar con aliento humano y afán didáctico uno de esos episodios de la historia del siglo XX que permiten seguir confiando en la raza humana.
PEDRO URIS |