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| Leonie Benesch y Christian Friedel en una escena de LA CINTA BLANCA. |
| (5) LA CINTA BLANCA, de Michael Haneke |
| Caldo de cultivo del fascismo |
Cuando vimos la película en el festival de Cannes, donde consiguió la Palma de oro, ya señalamos algunos que se trataba, sin lugar a dudas, de una de las mejores películas del año y de los últimos tiempos. Luego vinieron otros muchos importantes premios, como los de la Academia del cine europeo, y comenzó a leerse con frecuencia, incluso por parte de quienes deberían mostrarse bastante molestos, que se trataba de una auténtica obra maestra. La absoluta ausencia de concesiones (no hay maniqueísmo, ni estereotipos, ni asomo de recursos narrativos convencionales o gratificadores) y la habitual inclinación por el distanciamiento a la manera brechtiana convierten La cinta blanca en un alegato universal sobre la elaboración del fascismo, el integrismo, el terrorismo, el nazismo, “el nacimiento del mal”, como gusta decir el propio Haneke, quien ya había dejado constancia de similares inquietudes en los excelentes El vídeo de Benny (1992) y La rebelión (1993), producción televisiva inspirada en una novela del austrohúngaro Joseph Roth, cuyo protagonista ha perdido una pierna en la Primera Guerra Mundial, en cuyas vísperas sitúa precisamente Haneke esta nueva, extraordinaria y precisa disección de la rígida disciplina, la doble moral, la represión, los valores jerárquicos, la obediencia irracional y la crueldad mal disimulada. Autoridades, hombres, mujeres y niños participan de toda la complicidad, víctimas y verdugos según los roles que adjudica el fundamentalismo y el totalitarismo. LLORÉNS |