Leonie Benesch y Christian Friedel en una escena de LA CINTA BLANCA.
(5) LA CINTA BLANCA, de Michael Haneke
Caldo de cultivo del fascismo

Cuando vimos la película en el festival de Cannes, donde consiguió la Palma de oro, ya señalamos algunos que se trataba, sin lugar a dudas, de una de las mejores películas del año y de los últimos tiempos. Luego vinieron otros muchos importantes premios, como los de la Academia del cine europeo, y comenzó a leerse con frecuencia, incluso por parte de quienes deberían mostrarse bastante molestos, que se trataba de una auténtica obra maestra. La absoluta ausencia de concesiones (no hay maniqueísmo, ni estereotipos, ni asomo de recursos narrativos convencionales o gratificadores) y la habitual inclinación por el distanciamiento a la manera brechtiana convierten La cinta blanca en un alegato universal sobre la elaboración del fascismo, el integrismo, el terrorismo, el nazismo, “el nacimiento del mal”, como gusta decir el propio Haneke, quien ya había dejado constancia de similares inquietudes en los excelentes El vídeo de Benny (1992) y La rebelión (1993), producción televisiva inspirada en una novela del austrohúngaro Joseph Roth, cuyo protagonista ha perdido una pierna en la Primera Guerra Mundial, en cuyas vísperas sitúa precisamente Haneke esta nueva, extraordinaria y precisa disección de la rígida disciplina, la doble moral, la represión, los valores jerárquicos, la obediencia irracional y la crueldad mal disimulada. Autoridades, hombres, mujeres y niños participan de toda la complicidad, víctimas y verdugos según los roles que adjudica el fundamentalismo y el totalitarismo.
Imposible no pensar en algunos grandes ejemplos del cine de Buñuel, de Bergman y de Dreyer, o en títulos concretos como Escenas de caza en la Baja Baviera, de Peter Fleischmann, realizada en 1969 y estrenada en las salas españolas en 1978, o como El pueblo de los malditos, la versión de 1960 realizada en Inglaterra por el alemán Wolf Rilla. Una construcción estética y narrativa que no responde a gratuidad alguna, con todos y cada uno de los encuadres perfectamente medidos, con el ritmo preciso, con las referencias perfectas al campo-contracampo, a lo ausente, a lo no contado. Optando por el blanco y negro porque refleja mejor la época, hace justicia al imaginario y a las fotos de un tiempo, que ahora, viendo la película, nos tiene que resultar mucho más próximo. Y así todo: el uso de la voz en off, el sensacional trabajo de los actores (como Ulrich Tukur, fácil de reconocer por La vida de los otros o la reciente Edén al oeste, Burhart Klaussner, Susanne Lothar, a quien habíamos visto en Funny games y en La pianista, etc.), la precisión de diálogos y silencios, todo ello contribuyendo a esa disección de las raíces y los rasgos de un peligroso y aterrador caldo de cultivo. Valdrá la pena volver en las próximas semanas sobre los aciertos y virtudes de este magistral film. Sobre todo, cuando haya sido visto y comprendido por ciudadanos en general y educadores y alumnos en particular. De ahí, además, florecerá el carácter didáctico y reflexivo del film, no casualmente subtitulado Eine deutsche Kindergeschichte (Un cuento infantil alemán).

LLORÉNS