La nueva película de esta ya veterana pareja de nuestro cine se aleja de los registros habituales de comedia, más o menos gamberra, que manejaba (desde Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí hasta Los años desnudos, ésta última con un sustrato dramático más sólido), para proponernos un drama absolutamente implacable en todos sus registros, desde la propia concepción de los personajes hasta la ejemplar desnudez de una puesta en escena que nunca le pierde la cara a las aristas más afiladas de la historia, que son muchas.
Todo ello a partir de un simple retrato de familia, de una familia marcada decisivamente por la esquizofrenia del padre que, no se sabe si por herencia genética o por herencia social, tiene su prolongación en la feria de las miserias, desequilibrios y carencias emocionales que muestran sus tres hijos, el varón que interpreta Alberto San Juan, un tipo sin ninguna habilidad social y con la mochila cargada de neuras, que sueña con irse de casa y ser escritor, dos metas que evidentemente nunca conseguirá; y las dos mujeres, una a cargo de Cristina Marcos, estrella de segunda en una telenovela y fatalmente atada las pastillas que controlan la química de su mente; y la otra con Candela Peña como portadora de todo un catálogo de inseguridades que hunden sus raíces en terribles experiencias ocurridas durante su niñez y primera adolescencia. Todos ellos, el padre (Celso Bugallo) y los tres hijos, bajo la atenta mirada de la madre, una estupenda Geraldine Chaplin que, como cualquier madre que se precie, trata de mantener en pie la familia que ha parido y ha soñado, una familia que, sin embargo, no existe en ninguna parte.
La película, a pesar de los numerosos sucesos que acumula, no presenta una estructura clásica de historia, es como si juntara las tragedias más significativas que nuestra familia protagonista conocerá a lo largo de su vida (muerte, desengaños sentimentales, embarazo problemático, intento de culminar una relación sublimada, etc.) en un breve y explosivo espacio de tiempo, un exceso del que, en cambio, no adolece la película en ningún momento -un mérito más en el haber de la pareja realizadora-, todo lo contrario, dota al film de una hipnótica intensidad que sumerge al espectador en una vorágine de terrores y horrores en el seno de una familia en la que cada uno de nosotros siempre reconocerá como propia alguna sombra, para concluir con un abajo el telón de ejemplar contundencia y eficacia. Habrá observado el lector que he tenido cuidado en anotar los nombres de los actores que interpretan a los miembros de esta familia, no es casual, es un reconocimiento a la enorme labor de todos ellos, piezas indispensables del andamiaje que sostiene esta interesante, arriesgada y sorprendente película.
PEDRO URIS |