Pep Ricart y Carmen Machi en una escena de LA MUJER SIN PIANO
(3) LA MUJER SIN PIANO, de Javier Rebollo
Todo en una noche

Premio al mejor director en la última edición del festival de cine de San Sebastián, el segundo largometraje de Javier Rebollo nace y crece en los territorios del lenguaje ya visitados o anhelados en sus atractivos cortometrajes o en su magnífico largo Lo que sé de Lola, un hecho que forzosamente convierte esta crítica en una continuación de la que escribí para el anterior largometraje. Es decir, volvemos a hablar de la cuidada y coherente medida de los encuadres, el empleo y la relación con el tiempo y la contundencia de la observación de personajes y ambientes. Todo ello impecable. Lo que sucede y diferencia ampliamente ambos films es que allí se hacía referencia a una fascinación y a una mirada del protagonista con respecto a Lola y ahora nos encontramos con las vivencias, en cierta medida excepcionales, de una sencilla ama de casa (espléndida Carmen Machi) que agota una aburrida rutina cotidiana y se marcha de noche en busca de un posible viaje: ahí aparecen la estación de autobuses, la fauna que la puebla a determinadas horas y ese importante personaje que es el polaco interpretado por Jan Budar.
Evidentemente, la relación con el tiempo o con la protagonista no es ni parecida a la de su primer film, sin embargo la atención a la soledad, a los silencios, a las frustraciones, al tedio, y al acceso a una posible polisemia de cada una de estas palabras / actitudes sigue de muy cerca el rastro del anterior largometraje y es obvio que volvemos a citar los universos de Godard, Ackerman, Kiarostami, Manoel de Oliveira, etc. Y especialmente matizados en esta ocasión con Kaurismaki, sin menoscabo del humor de los otros autores mencionados, dadas las coordenadas populares del personaje principal. Y otra vez hemos de destacar la capacidad de reflexión, las notables implicaciones sociológicas (la mujer sin piano representa a muchos hombres y mujeres) y la voluntad de cuestionar muchas dudas y quimeras demasiado frecuentemente escamoteadas por su naturaleza interior. Con todo ello tan claro, tan rigurosamente expresado, mis leves reparos proceden de la escasa riqueza de los personajes, aunque también creo que así muestran o reflejan mejor la enorme losa que representa el contexto, las aspiraciones y las decepciones de las opciones propuestas por el tejido social. Y los espacios, calles o habitáculos, incluida la estación de autobuses, no son sino la confirmación de la recíproca —individuo / sociedad— falta de respeto. Y la conclusión no puede ser otra que la expresada hace unos tres años: nos encontramos de nuevo ante una de las propuestas más modernas y convincentes del cine actual.

LLORÉNS