La primera escena de esta provocadora película, la patética cremación chapuza de un difunto a los sones de la Internacional, ya nos da la clave de por dónde van a ir los tiros, la comedia negra sin respeto por nada y con la clase trabajadora —la auténtica, ésa que prefiere el presidente de nuestros patronos, la que trabaja mucho y cobra poco— como protagonista, y desde luego no nos equivocamos, porque lo que viene a continuación es una ajustada sucesión de personajes y situaciones que continúan por la demoledora senda marcada en el arranque hasta sus últimas consecuencias. Un relato surrealista que recupera el concepto de la lucha de clases en un tiempo, el nuestro, en el que este ancestral enfrentamiento ha sido pretendidamente superado por el estado del bienestar (ése que ahora anda en vías de extinción, por cierto), pero que reconocemos, tras la máscara friki que se aplica a todo el film, en esas cadenas de montaje de mierda que un buen día aparecen cerradas y vacías dejando a sus operarias sin tener siquiera esa mierda que llevarse a la boca.
El tercer trabajo de esta pareja de cineastas franceses —primero que llega a nuestras pantallas comerciales, tras haber obtenido el premio al mejor guión en el Festival de San Sebastián 2008—, evoca en su título, correspondiente a los nombres de sus dos delirantes protagonistas (ambos, o ambas, con el sexo invertido), la figura de una destacada anarquista de la Comuna de Paris —Louise Michel (1830/1905), a la que se le atribuye un gusto por los vestuarios masculinos—, responsable de la apocalíptica cita que cierra la película; y hace gala de un humor bajo cero que lleva a esa comedia negra, en la que genéricamente se inscribe, hasta las cimas del absurdo y el surrealismo, sin perder nunca, por extremas que resulten las situaciones y las reacciones de sus personajes, el punto de contacto con la realidad canalla que constituye su material dramático, un sangriento ajuste de cuentas de los que no tienen nada, ni siquiera una identidad sexual que les defina, con los que además de tenerlo todo juegan con la miseria que dejan para sus subordinados.
Punto y aparte merece la mirada políticamente incorrecta que maneja la película, pero políticamente incorrecta de verdad, pues no sólo fustiga sin miramientos las actitudes y comportamientos de los poderosos, algo que ya es patrimonio de lo políticamente correcto, sino que se atreve con cuanto icono se le cruce en el camino —o se lo ponga en medio a conciencia—, por “sagrado” que resulte, con una pareja ecologista que utiliza sus heces como combustible por aquello del ahorro energético; otra pareja gay que transporta ilegales hacinados en una bodega —impagable el viaje de nuestros killers para cumplir su misión de terminar, por fin, con el auténtico capitalista, tras recorrer toda la escala de subalternos e interpuestos (excelente la escena en el edificio que “aloja” multinacionales)—; y una serie de enfermos terminales (entre ellos una joven cancerosa sin un pelo en la cabeza) utilizados como ejecutores, ya que, como van a palmar en breve, no tienen nada que perder. Una película especialmente recomendable para los amantes del auténtico cine transgresor, para todos aquellos que, como yo, estén un poco (bastante) hartos de ese tono “políticamente correcto” que tiende a unificar todas las posturas —derecha, centro e izquierda, incluidos los extremos, el del centro también— en un limbo en el que nunca pasa nada. En esta película sí que pasa, y mucho.
PEDRO URIS |