Eduard Fernández en una escena de LUNA CALIENTE
(2) LUNA CALIENTE, de Vicente Aranda
Lolita en el tardofranquismo

Los abismos e infiernos derivados de la pasión sexual, uno de los temas recurrentes en la exigente obra del catalán Vicente Aranda, toman de nuevo el mando de las operaciones en esta, en cualquier caso, arriesgada e incómoda película que se inspira en una novela del argentino Mempo Giardinelli -que ya había sido llevada a la pantalla en su país, un trabajo que desconozco-, trasladando su acción desde la Argentina de la dictadura a la España del más duro tardofranquismo, con el proceso de Burgos en marcha, y un intelectual, un poeta con un puesto en la Unesco, que, durante una esporádica visita a su familia, conoce a una joven con “el diablo en el cuerpo”, con la que iniciará una relación en la que se darán la mano el placer más extremo y la autodestrucción más absoluta. Una relación que la película narra en clave realista, aunque algunas relevantes circunstancias de la misma, las “resurrecciones” de la joven, la remiten, casi irremediablemente, a un territorio onírico que nunca se explicita y que, en todo caso, no acaba de encajar con el resto de sucesos que nos cuenta el film.
Una lectura, que todo suceda en el interior de la mente, en el seno de los inconfesados deseos de su refinado protagonista, como hacía Buñuel en Ensayo de un crimen, o Mary Harron en American Psycho, que la narración no termina de propiciar de manera diáfana, o que el ojo de este crítico no ha sido capaz de distinguir con la suficiente nitidez, dejando un sabor de obra fallida e irregular, que alterna los aciertos, desde los propios de la pulsión sexual que consume a la pareja protagonista hasta los apuntes sobre la época, como esa intencionada alusión a la aceptación, casi reverencia, de algunos sectores progresistas del momento hacia la lucha armada de ETA; con otros momentos menos conseguidos, incluso con algunos actores de solvencia contrastada, Emilio Gutiérrez Caba, pasando demasiados apuros con su personaje y las situaciones que le toca vivir. Un film en el que resuenan los ecos del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y que, como sucede con la mayoría de obras de su autor, no dejará indiferente a nadie, ni a los que lo desprecien, ni a los que lo apreciamos, aunque creamos que esta vez el cineasta no haya acertado de pleno en la diana que se propuso.

PEDRO URIS