Miguel Albaladejo revalida lo mejor de su cine en Nacidas para sufrir. Si el costumbrismo, el humor y la disección profunda de conductas y personalidades nos han hecho disfrutar sus films anteriores, esta vez, afina y estiliza sus recursos en una tragicomedia de tremenda dignidad, que apela a los clásicos en nuestra memoria con todo derecho a lo largo del metraje, desafiando los adjetivos que minimizan el valor del género. El retrato de un grupo social, emparentado o no, el conflicto que plantea, la deriva sorprendente a que conduce su resolución y las acertadas ventanas que abre o entorna a su paso, con otros tantos signos de admiración/interrogación, propician que Albaladejo mantenga al espectador en una tensión que puede o no descargar a carcajadas, para helarle la sonrisa sin transición, separándole de golpe de una trama a la que se había entregado, para obligarle inadvertidamente después a reflexionar, en un instante, sobre lo que acaba de contemplar.
El director alicantino tiene la habilidad de escoger escenarios y personajes tremendamente próximos, reconocibles, en un alarde de verosimilitud que resiste el microscopio, porque no importa que vivan en uno u otro lugar, lo importante son las motivaciones, la personalidad. La lente de Albaladejo no solo aumenta, además revela urdimbres insólitas, escolta a sus personajes con ternura, aunque sin complacencias, en sus tribulaciones cotidianas y atemporales. Nacidas para sufrir revela ante la mirada entregada del público la profundidad de una tragedia de cámara, despojada de solemnidad mediante el más negro y despiadado de los sentidos del humor. Flora (Petra Martínez) y Purita (Adriana Ozores) protagonizan un melodrama de amor, intereses, celos, represión y sorprendentes descubrimientos emocionales con enorme realismo, gracias también a unos papeles escritos magistralmente. Protagonistas y secundarios son presentados con dos certeras pinceladas, matizadas lo suficiente para que el desarrollo que despliegan secuencia tras secuencia revelen una veraz complejidad.
El recurso a las metáforas, irónicos contrastes, chistes visuales y a las reacciones del entorno social en la definición continua de situaciones inéditas evita un excesivo subrayado y unos demasiado explícitos diálogos que Albaladejo evita con enorme acierto, confiando a las tremendas actuaciones de sus actrices (magníficas también Marta Fernández-Muro y Malena Alterio) una gran responsabilidad en el resultado final. Amor/odio, ama/esclava, sufridora/verdugo son opuestos separados por alambradas de papel, tan difusos como inclasificables son las motivaciones de Flora (que partía de la necesidad de una cuidadora en su vejez) y Purita (la bondadosa ingenua), sujetos perfectos de un nuevo y eficaz estudio de mentalidades filmado desde el respeto y la profunda empatía de un agudo observador.
EVA PEYDRÓ |