Adriana Ozores y Petra Martínez en una escena de NACIDAS PARA SUFRIR
(3) NACIDAS PARA SUFRIR, de Miguel Albaladejo
Una particular historia de amor

Miguel Albaladejo revalida lo mejor de su cine en Nacidas para sufrir. Si el costumbrismo, el humor y la disección profunda de conductas y personalidades nos han hecho disfrutar sus films anteriores, esta vez, afina y estiliza sus recursos en una tragicomedia de tremenda dignidad, que apela a los clásicos en nuestra memoria con todo derecho a lo largo del metraje, desafiando los adjetivos que minimizan el valor del género. El retrato de un grupo social, emparentado o no, el conflicto que plantea, la deriva sorprendente a que conduce su resolución y las acertadas ventanas que abre o entorna a su paso, con otros tantos signos de admiración/interrogación, propician que Albaladejo mantenga al espectador en una tensión que puede o no descargar a carcajadas, para helarle la sonrisa sin transición, separándole de golpe de una trama a la que se había entregado, para obligarle inadvertidamente después a reflexionar, en un instante, sobre lo que acaba de contemplar.
El director alicantino tiene la habilidad de escoger escenarios y personajes tremendamente próximos, reconocibles, en un alarde de verosimilitud que resiste el microscopio, porque no importa que vivan en uno u otro lugar, lo importante son las motivaciones, la personalidad. La lente de Albaladejo no solo aumenta, además revela urdimbres insólitas, escolta a sus personajes con ternura, aunque sin complacencias, en sus tribulaciones cotidianas y atemporales. Nacidas para sufrir revela ante la mirada entregada del público la profundidad de una tragedia de cámara, despojada de solemnidad mediante el más negro y despiadado de los sentidos del humor. Flora (Petra Martínez) y Purita (Adriana Ozores) protagonizan un melodrama de amor, intereses, celos, represión y sorprendentes descubrimientos emocionales con enorme realismo, gracias también a unos papeles escritos magistralmente. Protagonistas y secundarios son presentados con dos certeras pinceladas, matizadas lo suficiente para que el desarrollo que despliegan secuencia tras secuencia revelen una veraz complejidad.
El recurso a las metáforas, irónicos contrastes, chistes visuales y a las reacciones del entorno social en la definición continua de situaciones inéditas evita un excesivo subrayado y unos demasiado explícitos diálogos que Albaladejo evita con enorme acierto, confiando a las tremendas actuaciones de sus actrices (magníficas también Marta Fernández-Muro y Malena Alterio) una gran responsabilidad en el resultado final. Amor/odio, ama/esclava, sufridora/verdugo son opuestos separados por alambradas de papel, tan difusos como inclasificables son las motivaciones de Flora (que partía de la necesidad de una cuidadora en su vejez) y Purita (la bondadosa ingenua), sujetos perfectos de un nuevo y eficaz estudio de mentalidades filmado desde el respeto y la profunda empatía de un agudo observador.

EVA PEYDRÓ