El título del primer largometraje (cinco premios en Locarno 2009) de Urszula Antoniak define el anhelo despersonalizador de quien reniega de la condición humana, por haber perdido traumáticamente la confianza en sus semejantes. Para describir el íntimo drama de Anne, una joven holandesa que parte sin rumbo abandonando un hogar vacío, la directora, que también firma el guión, se sirve de los silencios casi omnipresentes, del enigmático deambular de su heroína y de sus reacciones desconcertantes, que pillan a contrapelo al espectador, al deslizarse entre la grosería y la misantropía.
Nada personal es una de esas películas donde el recurso a los objetos, a los espacios habitables o abiertos, es el pincel con que se retrata un alma que huye errática, sin rumbo pero con un propósito; en ningún momento nos pone las cosas fáciles, aunque no se trata de atar cabos, llegar a conclusiones o despejar incógnitas sino sencillamente de acompañar dos soledades. Con algunos puntos de contacto con la recientemente estrenada Villa Amalia (Benoît Jacquot, 2009), la cinta de Antoniak escolta a un corazón herido, a un ser despojado que se lanza enigmáticamente a la carretera sin pretender una exhaustiva indagación de la personalidad del dúo protagonista, cuyo juego interpretativo acrecienta el interés por sus vidas. Stephen Rea y Lotte Verbeek vehiculan un film arriesgado, que evita con elegancia los clichés, gracias a una dramaturgia correcta que sortea redundancias peligrosas, para demostrar lo ineluctable del contacto humano.
Los parajes de Galway (Irlanda), sus colinas azotadas por el temporal, arropan la historia de una mujer en reconstrucción como un eco de sus miedos y sus certezas, como los páramos de Yorkshire contemplaron a Heathcliffe y Catherine, porque la silenciosa orografía filmada sin preciosismos acompasa y potencia el drama. Nada personal es un film poco complaciente, con reveladores momentos de intensidad casi poética, donde las emociones son honestas y crípticas a la vez. Deslizando sus manos entre las algas, atrincherándose en su mutismo y rompiendo sus propias reglas, Anne, a semejanza de Ondina, se arriesga a ser mortal al enamorarse y a pesar de ello, aún con usura, nos deja atisbar en su corazón.
EVA PEYDRÓ |