Connor McCarron en una escena de NEDS
(3) NEDS (Neds), de Peter Mullan
Educación y violencia

Ganadora de la Concha de oro de la última edición del festival de cine de San Sebastán, Neds toma su título de las iniciales de Not educated delinquents, es decir, no educados y delincuentes. Peter Mullan nos conduce a los inicios de los años setenta, a un contexto particularmente revelador y significativo, metáfora perfecta de una realidad harto repetida. Bandas de jóvenes adictas a la violencia, decepcionantes entornos familares y sociales, pésimos métodos educativos, aspiraciones u objetivos de superación sometidos a dudosos modelos… Un auténtico fresco con personajes cargados de matices, en particular el protagonista, una parábola compleja cuyas conexiones con el pasado nos remiten a algunos momentos claves del cine británico, el período del free cinema, los tiempos en que films como La soledad del corredor de fondo, de Tony Richardson, ejemplificaban el estado real y social de la situación. El film sigue atentamente las evoluciones del protagonista, atento a sus influencias y reacciones en la infancia y en la adolescencia, así como al conjunto de sus relaciones, especialmente con los compañeros de estudios, miembros de bandas y, muy particularmente, las complicadas influencias, en parte recíprocas, con su hermano mayor y con su padre, dolorosa y desnuda constatación de un futuro con escasas opciones.
Enormemente brechtiano, distanciado por sus referencias y por sus formas, el film de Mullan se convierte en un valiosísimo ejercicio de reflexión, ante un debate permanentemente necesario, enfrentando educación y violencia callejera. Como si se tratara, o partiera, de unos materiales documentales, metaforizando al máximo las reacciones del protagonista, sus conflictos, dudas y decisiones, hasta obtener una propuesta imprescindible de análisis y aprendizaje. Didáctico y preciso, el film de Mullan posee esa categoría intemporal que desecha toda tentación anecdotista o gratificadora: lo que sucede ante nuestros ojos aparece mostrado y demostrado como un síntoma social perenne. Siempre la violencia, sobre todo la que contiene apariencias de superación jerárquica —dominio del barrio, de las calles, de los institutos—, tiene su máxima justificación y su origen en las carencias de la educación. Siempre la ignorancia y el analfabetismo acaban funcionando como caldo de cultivo.

LLORÉNS