Como espectáculo estrenado en Broadway en 1982, “Nine” alcanzó un gran éxito y era una adaptación para la escena de Ocho y medio (Federico Fellini, 1963), a mi parecer uno de los filmes más importantes de todos los tiempos. Ahora, con rodaje en Londres y en Roma de la mayor parte de secuencias, Rob Marshall (exitoso ex bailarín y coreógrafo) ha convertido en película la obra musical a partir de un guión elaborado por un equipo en el que figuraba el malogrado Anthony Minghella. El título puede obedecer a su relación con el mítico film felliniano o de la fugaz presencia del protagonista como niño de nueve años.
Es evidente que ya no estamos en la época dorada del musical cinematográfico (los años 50, con varias obras maestras de Minnelli, Donen y Kelly), cuando la danza y las canciones servían tanto para desarrollar las situaciones como, especialmente, para expresar sentimientos. Por desgracia, a partir de los años 60 el género entró en decadencia (salvo puntuales excepciones) y los financieros de Hollywood jugaron sobre seguro adaptando sólo obras muy rentables en Broadway, entonces ya con una estética mucho más teatral e intentando compensar a base de millones la ausencia de la magia y de la poesía de antaño, esenciales en el musical. El diseño, la escenografía, el vestuario, las grandes orquestaciones, la iluminación, el montaje a base de planos muy cortos (frente a los clásicos planos-secuencia) y unos repartos cuajados de rutilantes estrellas inauguraron una nueva época, un nuevo estilo vigente hasta hoy, en que el dinero y un lujo exhibicionista suplantaron al talento y la sensibilidad. Nine no es una excepción: la coreografía se basa en movimientos demasiado mecánicos, previsibles, y en pasos de baile casi gimnásticos que ni siquiera tienen el encanto de aquellos montajes geométricos del Busby Berkeley de los años 30.
Como es sabido, asistimos aquí a la crisis personal y profesional de Guido Contini, un famoso cineasta italiano de los 60, con su angustia y falta de inspiración ante la preparación del rodaje del film Italia en Cinecittà, mostrando todo el carrusel de bellas mujeres que pululan a su alrededor (esposa, amante, actriz fetiche, periodista, madre, etc.) al mismo tiempo que las inquietudes de los productores y técnicos del estudio. En escasos momentos se profundiza en los mecanismos del proceso de creación fílmica o en las complejas relaciones personales que atosigan al maestro. Por eso añoramos tanto aquel moderno e imaginativo relato en que Fellini rememoraba (o inventaba) con maestría y precisión la influencia que en su vida y oficio habían tenido la familia y la religión, el erotismo y el cine, circunstancias convertidas en imágenes inolvidables que combinaban prodigiosamente ficción y realidad, sueños y recuerdos.
En Nine hay medios económicos, profesionalidad y entretenimiento e incluso la música de Maury Yeston es bastante pegadiza pero nunca vulgar, con canciones interpretadas al parecer por las propias voces de los actores. Pero no busquemos mucho más, porque las escenas casi nunca son expresión de la intimidad de los personajes sino materialización de un show en el que son fundamentales el esplendor visual y el brillo de los colores.
No nos engañemos buscando realismo donde no tiene por qué haberlo. Tanto Marcello Mastroianni como Daniel Day-Lewis interpretan a galanes especialmente seductores, elegantes y promiscuos, nada que ver pues con la proverbial timidez y ternura del añorado Fellini.
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