Una escena de PA NEGRE, de Agustí Villaronga
(4) PA NEGRE, de Agustí Villaronga
Identidades

Partiendo de textos del novelista Emili Teixidor, regresando de nuevo al sórdido paisaje rural de la inmediata posguerra, con el hambre como principal protagonista, encadenando con sus constantes ya aplaudidas en films como Tras el cristal y El mar, Agustí Villaronga logra una vez más un inquietante relato de fracasos, abusos, desesperación, violencia, odio, frustración, castraciones y tantas otras consecuencias de una guerra y de una desolación que, en definitiva, van a conformar y a redefinir las claves de una identidad perdida que nos afecta a casi todos por igual. Es decir, sea porque se perdieron o cambiaron los registros, sea porque pesaron mucho los muertos y los exilios, sea porque la mayoría intentó negar sus propias convicciones, sus propias traiciones, sus propios crímenes, lo que nos sigue quedando, setenta años después, es una grave crisis y dudas notables sobre nuestra verdadera identidad.
Villaronga nos lo cuenta prácticamente a través de los ojos de los niños, demostrando de nuevo su maestría para elegir y dirigir a tan jóvenes intérpretes, convirtiendo el mundo de los adultos en un escenario dantesco donde las pobres criaturas se ven obligadas a convivir con unas odiosas reglas del juego. Da igual que se trate de pobres o ricos, de policías o delincuentes, de altaneros fascistas o de derrotados izquierdistas, de mujeres de cualquier generación o de hombres hartos de venderse. Lo que rodea a esos niños es, simplemente, un universo de horror, sin otra esperanza que la peor de las opciones, la negación de lo que puede ser uno mismo, la cancelación de todo lo que huela a raíces o a memoria. Los adultos, excelentemente interpretados por actores como Sergi López, Laia Marull, Roger Casamajor, Eduard Fernández y la premiada en el festival de San Sebastián Nora Navas, ya funcionan como ese espejo de lo que le espera al niño, con sus mentiras, sus apariencias, sus complicidades, sus roles de víctimas y victimarios (como en la serie negra: uno no deja de evocar El sueño eterno, de Raymond Chandler y sus reflexiones sobre la condición humana o la escasa relevancia de que los restos reposen en una charca o en un panteón), factores que comparten e intercambian todos y cada uno de los personajes, particularmente localizado, tal vez por sus conocimientos profesionales, en ese maestro que interpreta Eduard Fernández que parece contener toda la ambigüedad, toda la connivencia que domina y condiciona el contexto abordado. Un film imprescindible, absolutamente necesario, interrogante preciso para entender la trágica significación de la identidad, realizado con esa brillantez y complejidad que transita todos los films de Villaronga, donde paisaje y paisanaje se reconocen al tiempo que cobran toda la riqueza metafórica de los sueños, obsesiones y revelaciones que acompañan al mejor cine de todos los tiempos. Que nos vuelvan a pasar por delante impresiones guardadas desde El espíritu de la colmena y su “Soy Ana” o de otros ejemplos del cine del propio Villaronga igualmente atentos a esa reflexión sobre la identidad y el rol, sólo quiere decir que continuamos en el mejor camino. Y que, más tarde o más temprano, nos vamos a ir dando cuenta.

LLORÉNS