Gabourey Sidibe en una escena de PRECIOUS
(3) PRECIOUS, de Lee Daniels
Marginal entre las marginales

Con una estética y unos planteamientos narrativos voluntariamente próximos a ese documental que se sitúa al lado de sus personajes sin andar excesivamente preocupado por las exigencias de la iluminación o la medida de los planos, un poco en la línea de los primeros films de John Cassavetes, promotor de una forma de mirar el cine que todavía hoy se asocia con lo independiente, esta modesta película, que se ha convertido en la sorpresa del año con sus seis nominaciones a los oscars -no tanta sorpresa, si pensamos que tiene como interesado soporte a la presentadora Oprah Winfrey y toda su influencia mediática-, lleva a la pantalla una novela de éxito, Push, de Shappire, y cuenta con extremado realismo, y en sus momentos más ásperos con una total ausencia de concesiones, una historia de flores en el fango, un insoportable descenso a los infiernos de la condición y la vida humanas, en cuyas profundidades, bajo una auténtica montaña de desdichas y maldades, se puede hallar, no obstante, una luz de esperanza, un brillo de belleza entre la fealdad más absoluta, que se identifica con la solidaridad y el amor por los demás, ya sea el que muestran la maestra y compañeras de la protagonista, o el que ésta asume finalmente por sus dos hijos.
El gran mérito de la película radica en las excelencias de su puesta en escena, con una sucesión de terribles secuencias cargadas, no obstante, de humanidad, aunque sea con lo peor de la especie humana, especialmente duras las que tienen lugar entre madre e hija por el choque que significan respecto a lo que se espera de una relación de este tipo, unas escenas que tienen tanto el contrapunto de las escapadas oníricas de la protagonista hacia un mundo de sueños, la parte más discutible del film, aunque a mí me funciona razonablemente bien; como de esa ayuda que se brinda a la chica desde instancias oficiales y civiles. Un esfuerzo individual que se adivina en muchos casos condenado al fracaso, la trabajadora social que interpreta Mariah Carey, pero que, en su encomiable buena voluntad, constituye el único faro para todo ese universo sin esperanza y finalmente proporciona a la protagonista las fuerzas necesarias para vivir ese plano final de un optimismo matizado —y mido las palabras para no revelar el desenlace, no sea que después algún lector se me enfade con razón—, porque la emoción que puede provocar en el espectador no evita la pregunta: ¿Qué pasará después?

PEDRO URIS