Martina García en una escena de RABIA.
(1) RABIA, de Sebastián Cordero
No toquen a mi chica

Avalada por los premios conseguidos en el pasado Festival de Málaga, el escaparate anual del cine español, llega a nuestras pantallas comerciales la tercera película del ecuatoriano Sebastián Cordero, un claustrofóbico relato construido con indudable voluntad y esfuerzo, en el que la cólera del inmigrante aparece, en principio, como sentimiento que mueve la historia, aunque los hechos no terminen de avalar esta premisa, pues nuestro irascible protagonista sólo reacciona violentamente cuando agreden, física o verbalmente, a su enamorada, un mecanismo en principio ajeno a su condición de extranjero en el país de acogida.
Un problema que resultaría menor si no fuera porque la construcción del film muestra demasiadas lagunas, tanto de estructura (un tanto errática, con grupos humanos, la hermana que interpreta Iciar Bollaín y sus dos hijas, que desembarcan en la historia con escasa o nula funcionalidad) como de diálogos o personajes, los primeros forzados muchas veces por la necesidad de informar al espectador, y los segundos con todos los nacionales (vascos o españoles, según prefieran) demasiado escorados hacia la maldad. Una circunstancia que termina propiciando salidas de tono como el destino del personaje a cargo de Alex Brendemühl (por otra parte bastante cercano, en sus limitaciones, al tradicional “señorito” de telenovelas y seriales radiofónicos), en un giro que precipita definitivamente al film en ese abismo de la exageración cuyo filo llevaba recorriendo demasiado tiempo.

PEDRO URIS